Esta mañana, al despertarme insultantemente pronto y como de costumbre, me di cuenta de que, sin avisar, había llegado el otoño. Sin avisar él y sin avisarme yo, porque supongo que llevaba semanas anunciándose con la vuelta al estado rutinario, la vuelta al cole, la vuelta al pantalón largo, desplegar las varillas de un paraguas, limpiar los zapatos antes de entrar, volver a cerrar las ventanas por la noche y buscar por la mañana algo que ponerse encima. El septiembre pasó volando y sus matices quedaron escondidos bajo el sol de casiverano, bajo una capa bastante opaca de tareas de prioridad, cumplir, seguir, disfrutar del trabajo bien hecho, seguir, cumplir, alguna cosa que celebrar entre medias y enseguida volver a seguir, esperando que llegase octubre como si pasar la hoja del calendario pudiera vaciar también la mente y la agenda y permitirme poner de nuevo las chinchetas sobre un mapa impoluto de corcho, una tabla donde entre to-do-es intercalar dibujos de gatitos y primeros intentos de escritura con pincel y acuarela, una lista de la compra que empieza con leche y acaba con alguna cosa que llevo tres semanas olvidando, y conseguir que todo eso conviva de alguna manera sin que una cosa se coma necesariamente a la otra.
Tenía ganas de otoño y me vino regalado tal y como había deseado recibirlo, con la nube, con la manta, con un imprevisto malestar que invita desde la pereza y el cansancio a acurrucarse en una esquina del sofá, bebida caliente, no excitante, mediante, una película, abrir un cuaderno o un libro, dejar el tiempo pasar, que es una cosa que llevo pensando bastante últimamente porque me doy cuenta de que se me ha olvidado un poco cómo se hace, o quizá nunca lo he sabido. Francamente me da muy mal pasar el tiempo sin convertirlo en algo, sin aprovecharlo, sin rellenarlo, sin pensar que ya que estoy sentada podría contestar este correo o mirar aquella convocatoria o apuntar aquella idea que se me ocurrió ayer mientras caminaba y que seguro que se me olvida, sin convertir incluso el descanso en una especie de inversión para estar mañana más despejada, más fuerte, más rápida, más preparada para seguir cumpliendo.
Y me gusta esta idea del otoño como permiso, aunque sé que es un permiso inventado por mí misma y que nadie me estaba impidiendo coger antes, pero algo tiene que el día se haga más pequeño, que llueva contra la ventana, que a las siete ya no parezca que todavía queda media vida por delante y que el cuerpo empiece a pedir cosas muy básicas, calor, sopa, calcetines, estar dentro, quizá porque reduce también un poco las posibilidades. Últimamente he pensado que tener demasiadas posibilidades cansa muchísimo. En verano parece que siempre podrías estar haciendo otra cosa, fuera, en algún sitio, aprovechando que hace bueno, aprovechando el día, aprovechando la tarde, aprovechando la vida, y en otoño una lluvia suficientemente insistente puede decidir por ti y decir hoy no, hoy aquí, y qué descanso que algo tan tonto como una nube tome alguna decisión.
Supongo que también está esa otra vuelta, la del curso, que desde que existe Rita ha recuperado una importancia que durante años había perdido, porque septiembre vuelve a significar empezar, estrenar, aprender, adaptarse, comprobar que los pantalones del año pasado ya no sirven, descubrir palabras nuevas y rutinas nuevas y volver a colocar las horas en sus casillas, y con ello vuelve también esa sensación infantil, bastante absurda pero persistente, de que el año puede empezar otra vez sin necesidad de esperar a enero. Que una libreta nueva todavía puede organizar una vida. Que comprar rotuladores puede ser un proyecto. Que si colocas suficientemente bien las cosas en una estantería quizá se coloque algo también dentro de la cabeza.
Mientras tanto aparecen por casa papeles pintados, hojas, palos, piedras, gatos de anatomía dudosa y letras que todavía están descubriendo hacia qué lado quieren mirar, y me gusta que se mezclen con mis papeles, mis presupuestos, mis listas, mis proyectos, mis fechas límite, porque de alguna manera corrigen la importancia que doy a unas cosas y a otras, aunque sea solo durante unos segundos. Hay algo bastante saludable en estar intentando resolver una cuestión aparentemente importantísima y que alguien aparezca para enseñarte una raya azul que resulta ser tu cuerpo y que, además, exige una reacción inmediata y proporcionada a la magnitud del acontecimiento.
Quizá era eso lo que estaba esperando de octubre sin saber explicarlo, no exactamente que hubiese menos cosas, porque no las hay, ni que de repente la agenda se quedara blanca, sino recuperar un poco los márgenes, esos sitios entre una cosa y la siguiente donde cabe algo que no tiene finalidad, una película vista sin hacer nada a la vez, un libro que no sirve para ningún proyecto, una tarde en casa porque llueve, una bebida caliente que no pretende despertarme, un dibujo de un pseudogato-conejo-cornio que no tiene ninguna utilidad y precisamente por eso quizá tiene toda la que necesito ahora mismo.
Es viernes, me digo. Puedo permitirme trabajar hasta las dos y luego despantallarme, cerrar el ordenador, dejar el móvil lejos, no aprovechar la tarde, no adelantar nada, no resolver ninguna de esas pequeñas cosas que podrían dejar de existir si les dedicara solamente cinco minutos y que precisamente por eso nunca ocupan solamente cinco minutos. No ocurrirá, lo sé mientras me lo prometo, pero me gusta disfrazarme con tal posibilidad, llevarla puesta durante la mañana como quien estrena el primer jersey del otoño y todavía no sabe si a mediodía le sobrará.