Agarré la más punzante tijera de podar y me fui a cortar las ortigas. Saltaron las gotas de rocío, partidos por sus tobillos cayeron los tallos de la planta más temida y esquivada de toda la esquina detrás de la chabola de leña, detrás del montículo de ladrillos de la vieja chimenea, ladrillos con firmas y cóncavos, con calor impregnado, acumulados esperando un segundo uso que, sabemos de sobra, nunca va a llegar, esquina al lado de otro montículo de piedras y tierras inútiles para la huerta que levantaron para hacer llegar agua a la casa, para dejar espacio a una tubería subterránea que trae agua impoluta y se lleva todo lo que sobra en un cuerpo que se pasa por agua y pretende quedar impoluto. En esa esquina estira sus manos una planta de frambuesa, tiene mil manos y mil millones de dedos con uñas pintadas de rojo que brillan a la luz del rocío y llaman y cautivan, esperando que alguien las recoja, las disfrute y cante su sabor, sea la mano atrevida, inmune a los latigazos de las ortigas, o un caracol que se posa en su cadera roja para agarrar la hoja verde cercana del propio tallo. Deja su rastro en la frambuesa, una baba blanquecina como un beso de propiedad que besa solo para marcar y ya no dejar que la bese nadie más. Velo blanco sobre el diamante sin degustar.
Cortar las ortigas y llegar a las frambuesas, dulces, a tiempo. Agarra fuerte el impulso a esta primera hora del amanecer, con todas sus libertades sin ningún ojo mirando, manadas de cuervos negros pasean desayunando las manzanas caídas durante la noche, las recogí todas antes de dormir, el manzano ha vuelto a sacudirse y llorar sus lágrimas redondas, pesadas, que saben a agosto y final. Me veo con las tijeras enormes, una diosa de arbustos, del verde, con corona de cardos y capa de varas de oro, inconsciente sigo mi lucha con las ortigas, tallo por tallo, avanzo hasta toparme con la cerca de encaje de metal. Atravesé las frambuesas con mis garras afiladas, mezclé con las ortigas la sangre de la fruta de mi deseo.