Horario guardería / 32

A la hora del amanecer de hace tres semanas salgo a recorrer mi, llamémoslo, pueblo, aunque técnicamente es una ciudad. Con el cielo nublado, sin aparente posibilidad de que esta mañana también fuera a salir la bola ardiente, aunque todos sabemos que siempre amanece, veámoslo o no, que normalmente no, porque estamos durmiendo, y cuando sí suele tratarse de un desajuste. Llevo desajustando unas cuantas madrugadas, retando al sol al despertar: quién se asomará antes por los campos de niebla, quién saludará primero a los corzos y a las cigüeñas, quién mojará primero los pies en los hierbajos del corte perezoso, olvidadizo, sin corte ninguno desde que volvieron a crecer en la pronta primavera.

Sabiendo que tengo al menos media hora a mi alcance para hacerme con una parte de la ruta prevista antes de la parada enfrente de mi rival, paso de puntillas por los suelos crujientes, bajo la escalera a la luz de la penumbra, me calzo, giro la llave y salgo, pasando tres pisadas más tarde por la puerta de la cerca, que traiciona con su chillido lamentón en cada abrir y cerrar. Pregunté en una ocasión a mi madre si quería cambiar la puerta y me respondió que le sirve mejor que la perra, que la perra murió hace un par de años y la puerta sigue chillando. Un día la cambiaré y empezará a pasear el pueblo libremente por el jardín, le lanzo la broma, y se enoja como se enoja cualquiera cuando le indicas una supuesta falta o señalas un fallo que conoce muy bien y sigue justificando.

Una vez fuera de la propiedad, tomo la vía verde que se ha instalado sobre la recta construida en su tiempo para sostener un ferrocarril, el mismo que en mi infancia nos transportaba a la capital una vez al año, siendo el viaje más esperado y más urbano que pude experimentar en aquellos tiempos de muchas posibilidades y pocos alcances, el mismo que transportaba trenes que solía escuchar, a distancia segura, desde el balcón de mi casa, que era otra. Ahora me pregunto si desde la casa que acabo de dejar dormida se escuchaba mejor, a tan pocos pasos de la estación, que hoy en día es tan solo un tramo más ancho de la misma vía, un terreno que prescinde de zanjas y árboles multimétricos, un descampado donde tan solo proliferan las invasivas varas de oro.

Hace no tanto aún se contaban las traviesas solas, solteras, sin rieles que sostener en su paralelo. No llegaron a pudrirse y hacerse tierra, las sacaron con pinzas y palancas y las llevaron a quién sabe dónde. Imaginé un tudúntudún aún sonando en su corazón lígneo. Salieron miles de gusanos y coleópteros de su escondite, la tierra desollada se quemó al sol.

La línea de ferrocarril cruzaba mi pueblo, cruzaba el río pasando por un puente, la cruzaba otro puente que cruzaba yo, de rechoncha, camino del parque y, más tarde, mañana y tarde de colegio durante ocho rutinarios años, aunque para entonces ya nunca llegué a cruzarme con el tren. El último tren se marchó silbando cuando tenía cinco años y nadie me dijo, ni pensó realmente, que nunca iba a volver. Pasaron veinticinco años más hasta que desmontaron el puente y aplanaron la subida y la bajada, y en las ventanas de las casas submonte entró la luz, nunca vista, nunca imaginada, nunca existente desde que alguien decidió construir una casa mirando a una pared.

Lo que fue el ferrocarril ahora es una vía que cruzan bicicletas y paseantes, una vía trazada que se inclina delatando su pasado: ningún peatón necesita tanta curva generosa, tanto espacio para girar; solo un tren podría justificar una paciencia tan larga.

1 km. 5´33´´

Sigo.