Horario guardería / 35

Y entonces volvió el eco. Ese rebote de voz que solo se percibe en espacios mal insonorizados o vacíos. Antes de llenarlos o después de vaciarlos a propósito, con la intención de no dejar nada y llevárselo todo. Como en una mudanza.

Estoy de mudanza. Lo digo con la casa todavía por recoger, porque supongo que una empieza a estar de mudanza mucho antes de que las cosas cambien físicamente de lugar. Hay cajas esparcidas por casa, algunas cerradas, otras a medio llenar, pero la mayoría se acumulan en el txoko, aquel cubículo que nos vendieron como habitación y que, al no tener ni un hueco por donde pudiera colarse la luz natural, decidimos destinar a trastero. Allí viven la tabla de planchar, las bicicletas y, durante diez meses al año, duerme la Navidad. Ahora también se va acumulando allí nuestra casa. Crecen las torres de cajas, se complica el Tetris, aunque en las demás estancias todavía no se perciba mucho más vacía, gracias a los buenos armarios empotrados.

Si no fuera por el eco. Volvió cuando retiré seis filas de libros de las estanterías y, curiosamente, cuando vacié tres armarios bajos. Como si aquellas cajas cerradas, aun con las puertas puestas, acumularan ahora demasiado aire. El aire se infla, forma una burbuja, rebota contra alguna pared y, pum, sale el eco. No sé muy bien cómo funciona la acústica de una vivienda, pero me gusta imaginar que la casa empieza a sonar distinta mucho antes de parecerlo.

Estoy de mudanza y de viaje a la vez. Salgo de casa con todo a medio encajar y volveré dentro de cuatro días para retomar la faena. Mientras tanto, dejo a dos personas viviendo en ella y a otras dos sumándose durante las horas diurnas. Tienen que poder seguir comiendo, durmiendo, buscando calcetines, abriendo cajones y encontrando lo que necesitan. ¿Cuánto se puede avanzar en una mudanza sin que una casa deje de servir de casa para quienes esperan tu vuelta?

He calculado qué puedo guardar ya y qué tendrá que esperar. Sé cómo se vive en esta casa, qué cajones se abren a diario y qué minúsculo porcentaje de todo lo que tenemos es realmente imprescindible. Las cajas cerradas y etiquetadas esperan su traslado, y yo sigo con la cinta de embalar, el rotulador grueso y los muebles que toca desmontar, guardando los tornillos junto al mueble correspondiente, no junto a los demás tornillos. Porque una cosa es tener todos los tornillos y otra encontrar los cuatro que necesitas. También toca decidir cuántas tazas blancas hacen falta, cuántos recipientes sin tapa merecen seguir siendo recipientes y si de verdad vamos a necesitar alguna vez una mesa para diez personas.

Ay, las mudanzas son muy buenas para revisar. Ayer me gané todos los premios de Navidad al depositar en el contenedor veinte kilos de ropa y zapatos en perfecto estado, de tallas mayoritariamente minúsculas y cortes bastante ajenos a mi comodidad. Mientras hacía el trayecto, con una enorme bolsa de cuadros encajada en el hombro, iba borrando artículos de mi cuenta de Vinted. De todos los anunciados, quedó uno. Con un cálculo rápido de diez euros por par de zapatos —de esos que compramos por cuarenta porque los pies infantiles importan—, mi aportación navideña asciende a la mitad de la renta mensual del nuevo hogar. Una generosidad que me habría costado bastante más practicar en efectivo. Pero allí iba, eliminando anuncios con una mano y sujetando veinte kilos de posibles ingresos con la otra. Y qué gusto.

Lo que todavía no puedo tocar es el cuarto de mi hija. Instrucciones suyas. Ni el cuarto ni los juguetes, que, por supuesto, no se limitan a ocupar su cuarto. Todo debe permanecer en su puesto y postura hasta la última mañana, cuando se despida de casa para ir al cole y yo monte una caja enorme que pesará casi nada, porque el plástico pesa poco y los peluches solo abultan. Allí entrarán mil y una cositas que unas horas más tarde tendrán que encontrar su nuevo lugar.

Así que, por ahora, cuidar consiste en no recoger. En dejar los juguetes donde están, aunque estorben para pasar con las cajas. No es lo más práctico para una mudanza, pero para ella todavía es su casa, con cada cosa en el lugar que conoce. Y mientras pueda seguir siendo así, tampoco hay tanta prisa.

Recuerdo a mi madre haciendo inventarios en la tienda de tornillos del pueblo. No trabajaba allí. La llamaban cuando tocaba recontar existencias porque se había hecho con el sistema. Me parece una herencia maravillosa y útil, la de saber ordenar las cosas para su recuento, almacenaje y traslado. Haré lo propio con las mil y una piecitas de las propiedades adquiridas de mi hija. Aunque seguramente algún muñeco Kinder acabará en una bolsa opaca, de esas que, una vez cerradas, no se vuelven a revisar. También hay algo de inventario en decidir qué deja de contar. Y algo de poder en decidirlo por otra persona.

Me intriga, además, cuánto de esta mudanza es mía. No lo hemos hablado siquiera. Se ha dado por entendido, o intuido, o simplemente ha sido siempre así. Soy yo quien calcula qué guardar, qué dejar, qué desmontar y en qué orden. No solo para avanzar con la mudanza, sino para que los demás puedan seguir viviendo en medio de ella. Que nadie tenga que preguntar dónde está su pijama, que no falte papel higiénico ni el vaso de siempre, que haya unas tijeras a mano para cortar la cinta de embalar, aunque las otras tres ya estén guardadas.

Es curioso cuánto trabajo supone conseguir que nadie note que algo falta. Y qué poco se nota ese trabajo cuando sale bien. Pero tampoco sé hasta qué punto esa responsabilidad me corresponde o me la he apropiado. Porque ni siquiera sospecho que alguien vaya a desplegar una caja nueva durante mi ausencia. No sé si es porque nadie se atrevería a alterar mi sistema, porque nadie lo conoce o porque nunca hemos considerado que pudiera haber otro. Hay algo tranquilizador en saber exactamente qué queda por hacer y algo bastante menos tranquilizador en que solo una persona lo sepa. Confío, igual que mi hija confía en que su pequeño mundo de polipropileno seguirá intacto, en que a mi vuelta podré retomar el encaje exactamente donde lo dejé. Que las cajas seguirán abiertas o cerradas según las haya dejado y que nadie habrá decidido por mí qué va con qué. Aunque tampoco tengo claro por qué tendría que ser yo quien lo decidiera todo. Quizá, al organizarlo para que los demás puedan seguir viviendo como siempre, también estoy procurando que nadie tenga que hacerse cargo de lo que queda por hacer. Me pregunto cuánto de anticiparse a las necesidades ajenas es cuidado y cuánto es costumbre. Y si, a fuerza de hacerlo todo antes de que alguien lo necesite, no acabo impidiendo que alguien más se ocupe.

De momento, la casa sigue siendo perfectamente habitable. Hay camas hechas, platos en los armarios, juguetes por el suelo y una Navidad durmiendo bajo una montaña de cartón. Quedan unas cuantas tazas en la cocina y una torre de cajas que habría que desmontar entera si a alguien se le ocurriera buscar un libro que no ha necesitado en los últimos cinco años.

Me voy cuatro días. La casa seguirá funcionando sin mí, como tiene que ser. Me pregunto si el eco seguirá allí cuando vuelva. Si habrá crecido o si, simplemente, me estará esperando para continuar desde donde lo dejé.