Hay una cosa de volver a escribir que nunca recuerdo hasta que me toca volver a escribir. Siempre pienso que será como montar en bicicleta, que uno deja de hacerlo unas semanas, se sienta delante del ordenador y ya está. Pero no, es muchísimo más parecido a volver al gimnasio después de un mes sin ir. Sabes perfectamente cómo funciona, has hecho exactamente esto cientos de veces, nadie ha cambiado las teclas de sitio, las palabras siguen existiendo. Y, aun así, notas una especie de rigidez absurda, como si hubiese que engrasar una parte muy concreta del cerebro que durante las vacaciones ha decidido dedicarse exclusivamente a observar pepinos crecer, recoger ciruelas o calcular cuánto tarda un caracol en rodear una piedra.
Los dedos escriben, eso sí, lo que cuesta es conseguir que la cabeza vuelva a pensar en frases, porque pensar y pensar escribiendo son dos actividades completamente distintas. Pensar puede hacerlo cualquiera tumbado mirando un techo. Pensar escribiendo consiste en coger veinte ideas que aparecen desperdigadas entre los hierbajos de la cabeza, convencerlas para que formen una fila india, hacer que una vaya detrás de otra sin empujarse demasiado y, con un poco de suerte, acaben llegando juntas hasta un punto final. O un signo de interrogación, que últimamente me representa bastante mejor.
¿De qué escribía yo exactamente? ¿Cómo empezaban los textos? ¿Tenían que tener una idea o bastaba con una observación? ¿Era importante que llegaran a alguna conclusión o eso me lo inventé para parecer responsable?
Durante unas semanas he sido una persona sorprendentemente funcional. He mirado cosas sin analizarlas, he tenido conversaciones que no han terminado convertidas en posibles párrafos, he visto unos cuantos amaneceres y una puesta de sol sin pensar qué podía hacer con ellos. Han sido solo amaneceres y una puesta de sol y, curiosamente, así han superado cualquier posible descripción. Y debo decir que tiene bastantes ventajas. Muchísimas, de hecho.
Hay un momento en el que el cerebro escritor resulta francamente pesado. Todo quiere reutilizarlo, todo parece material: una señora diciendo algo en la cola del supermercado, un calcetín colgado del tendedero, un insecto especialmente lento. Todo parece pedir un texto. Y llega un punto en el que apetece responderles: no, hoy no. Hoy os vais a quedar siendo simplemente una señora, un calcetín y un insecto.
Creo que eso me ha pasado estas semanas. He dejado descansar a esa parte de la cabeza que necesita traducir constantemente la realidad a palabras, la he mandado de vacaciones sin fecha de vuelta. El problema es que ahora hay que reincorporarla y ya sabemos cómo son las reincorporaciones, el primer día nadie se acuerda de la contraseña. Así que aquí estoy, escribiendo un texto sobre lo raro que es volver a escribir porque todavía no me acuerdo de cómo se escribía sobre cualquier otra cosa.
Supongo que mañana será más fácil, o igual mañana escribo otro texto sobre lo difícil que sigue siendo volver a escribir. Que tampoco estaría mal. Al menos demostraría que ya he cogido otra vez la costumbre.