Horario guardería / 30

Hay casas que se quedan ancladas a una época. No sé exactamente cuándo sucede, pero sucede. Uno entra, se ancla, ancla sus cosas y ya sabe más o menos en qué año dejaron de entrar cosas nuevas, no porque no hayan adquirido nada desde entonces, sino porque todo lo que ha venido después ha tenido que aprender a comportarse como si siempre hubiese existido allí, a anclarse de la misma manera, al mismo amarre. Las cosas nuevas acaban pareciendo antiguas por contagio.

Pasa sobre todo en casas de abuelos, de bisabuelos, de gente muy algo en su época dorada, esa que por alguna razón ha obtenido la prioridad de perdurar. En esas casas hay una armonía extrañísima. Las cortinas, el sofá, la vajilla, los cuadros, los tapizados, el olor, el tipo de lámpara, los materiales, la organización, hasta el sonido que hace el suelo al caminar, parece pertenecer a una misma cosa, una época. Todo encaja y uno piensa: ¡qué casa tan bonita, qué coherencia, qué gusto!

En casa de mis padres nunca ocurrió. Y llevo los años que llevan la casa, ya que la vida vino antes, la casa después y bien tarde, pensando que era una pena, pero, al mismo tiempo, un algo inevitable. Por allí no pasea el pensamiento, hay otras prioridades, no alcanza el recurso; una mezcla igual de ecléctica que la propia construcción de casa, que estructura de por fuera y, sobre todo, por dentro. La casa que habitan mis padres actualmente y que adquirieron cuando ya no tenían que pensar en estancias para los niños ya venía con bastante historia de serie. Empezó a construirse en los años veinte como una casa unifamiliar para convertirse en una vivienda de tres apartamentos separados durante la era soviética, con su plan de despropietarización, y volver a ser una casa unifamiliar, aún con placas de tres números distintos en las puertas de supuestas entradas, en los años en que ya no había familia para habitarla. Años más tarde, tras una búsqueda larga por zonas equivocadas, al pasar un día por una pared de árboles y arbustos descuidados, igual de verde, la casa la encontró mi madre. Todavía quedaban cosas que recuerdan todo aquello que existió antes cuando llegaron mis padres con su propio plan de casa, sin un criterio del todo desarrollado: se trajeron casi todo y casi todo se quedó, buscando su lugar y su acople en una casa cuyas paredes tal vez pidieron otra cosa. No insistió demasiado la casa, ya que estaba feliz por la compañía; que fuera rebuscada y de generaciones aparte no importaba tanto.

La casa va creciendo como mejor lo sabe, con criterio práctico y subjetivo: cuando aparece algo útil, entra, si deja de ser útil, normalmente sigue dentro, porque nunca se sabe. Aparte de lo útil están esas mil y tantas cosas de apego emocional o sin apego ninguno, pero no molestan, así que se quedan también, encontrando su lugar en la capa más superficial, la que se podría quitar con bastante facilidad si alguien quisiera molestarse con tal actividad.

Es una acumulación de vidas. Los muebles que sirven, el jarrón que ganaron en una lotería a principios de los 80, la silla del piso anterior que combina regular con la mesa de madera maciza que sirvió la casa, pero, oye, silla hace, las tazas desparejadas que, con sus impresiones permitirían reconstruir una biografía entera, las mantas multiusos, que si buenas para el sofá, si viejas para tapar alguna cosa o poner en la hierba para un pícnic, algún cuadro que no se colgará nunca o, al menos, nunca antes de arreglar las paredes que esperan su turno tras arreglar el suelo, que espera su turno tras arreglarse con la abuela, que ha ocupado el cuarto donde se iban a alojar mientras se arreglaba el suelo. También hay muchos objetos que un día pensé que me llevaría al encontrar mi casa y que, sorprendentemente (o para nada), siguen exactamente en la misma caja treinta o veinte o quince años después, según de qué caja estamos hablando, porque ninguno de los dos, ni el objeto ni yo, hemos terminado del todo de encontrar esa casa adonde llevar las cajas y, sin abrir, depositarlas en el trastero.

Durante mucho tiempo pensé que la casa de mis padres desarrollaba una especie de cacofonía doméstica. Una casa sin identidad, sin estilo propio, una casa que no había tomado ninguna decisión estética en toda su existencia. Hasta que empecé a mirar la mía con un poco más de honestidad. Porque también va teniendo capas.

Una vivienda de alquiler ya trae una personalidad bastante dominante, sea la original o la de reforma de pladur todoblanco o color albaricoque (mezclado con blanco). Luego llegan las cuatro cosas mías, que sobreviven a varias mudanzas porque son demasiado útiles para tirarlas o demasiado pegadas a algún recuerdo que, a veces, solo se sostiene en ese preciso objeto. Después aparece otra persona conviviente con sus propias cajas, seguramente más que cuatro, de esto me lo quedo. Y cuando crees que ya habéis alcanzado un equilibrio tambaleante, llega una hija y convierte la casa en un ecosistema donde conviven una cafetera italiana, un libro de filosofía, un unicornio de plástico, un dibujo con purpurina y un palo recogido en el monte que, al parecer, es único y, por lo tanto, importante conservar. Y muchas pegatinas.

De vez en cuando me entra el impulso de hacer borrón y cuenta nueva, dejar la casa preciosa, coherente, respirar verdeagua, tener una de esas casas donde parece que nadie tiene un cajón lleno de cargadores de móviles que ya no existen. Pero sospecho que duraría unas tres semanas. Porque enseguida aparecerían nuevas piedras con nombres propios y vuelta a empezar.

Empiezo a sospechar que el problema no es que mi madre nunca desarrollara una convicción decorativa. Es que desarrolló otra. Una donde las cosas no representan una época o estilo, sino una vida. Una vida larga, llena de gente entrando y saliendo, de mudanzas, de regalos, de herencias, de “por si acaso”, de “ya que estamos”, de “no lo tires todavía”. Una especie de arqueología doméstica en la que cada objeto ha ganado su sitio no porque combine con el de al lado, sino porque ha sobrevivido lo suficiente.

Yo sigo diciendo que algún día tendré una casa limpísima, con cuatro muebles maravillosos y una identidad estética clarísima y, seguramente, antes de separarme de las cosas tendré que proceder con otros desapegos, pero cada verano vuelvo a la casa de mi madre, miro alrededor y sospecho que lo que realmente he heredado no es un mueble. Es el sistema.