Desde que empezó ayer, a la hora de la siesta anticipada por anticipar la hora de comer por desayunar pronto por despertarme antes de la hora de despertarme, que sigo sin saber cuál es exactamente ni cuál debería ser para que no se tambaleen los ánimos y los párpados a lo largo del día, no ha parado, y ahora, cuando ya casi roza la hora de comer del día siguiente, sigue ahí, cayendo con una perseverancia que no sé si admirar o empezar a tomarme como algo personal, porque tampoco hace nada especialmente llamativo. No truena, no se enfada, no viene acompañada de viento ni de esa luz amarilla que anuncia tormenta. Simplemente cae. Una lluvia aburrida, casi administrativa, que va fichando minuto a minuto sin faltar al trabajo y que consigue, precisamente por no hacer demasiado ruido, que uno acabe olvidándose de que existe hasta que vuelve a mirar por la ventana y descubre que sigue exactamente donde la dejó hace una hora.
Resulta raro en julio. Julio debería tener otras obligaciones. Quejarse del calor, por ejemplo. Hacerte pensar dos veces si merece la pena salir a pleno sol para volver cinco minutos después diciendo que ya saldrás más tarde. Recordarte la crema solar cuando ya es demasiado tarde para recordarla. Tener la espalda ligeramente roja, las piernas llenas de pequeños arañazos por haber decidido que el camino corto entre las moras era, efectivamente, más corto, y las ortigas, esas que siguen pareciéndome una de las campañas publicitarias más exitosas de la naturaleza, con esa pelusilla que parece anunciar una caricia y acaba dejando el cuerpo entretenido durante el resto del día, rascando sin demasiada convicción porque ya sabes que rascar no sirve absolutamente para nada salvo para seguir rascando.
También el catarro me parece fuera de sitio. No recuerdo muchos julios con catarro. Igual los hubo y simplemente la memoria ha decidido conservar otros inconvenientes más acordes con la estación, porque la memoria también hace sus propias mudanzas y cada cierto tiempo cambia unas cosas de habitación y deja otras exactamente donde estaban. Cuando pienso en los veranos de hace treinta años también llueve, pero de otra manera. Llueve después de haber pasado el día entero apretando el aire hasta esa sensación de respirar un poco menos de lo habitual, como si el cielo también estuviera haciendo un esfuerzo, y de pronto descarga. Lo suficiente para salir corriendo a la calle, meter los pies en los charcos todavía templados, con el agua que ha caído fría sobre un suelo que sigue guardando el calor del día, empezar mojándote solo los pies descalzos y volver a casa completamente empapada porque, una vez que ya estás mojada, resulta bastante difícil encontrar un argumento convincente para dejar de estarlo.
Estos días, en cambio, llueve y hay mucha casa. No más metros cuadrados que hace una semana, claro, pero sí más casa. Más ocasiones de cruzarla sin un motivo concreto, de abrir una puerta para cerrar otra, de entrar en una habitación porque ibas a por algo y acabar haciendo una cosa completamente distinta, como si las habitaciones también aprovecharan los días de lluvia para recordarte que llevan meses esperando una visita un poco más larga que la necesaria para atravesarlas camino de otro sitio. Supongo que por eso he acabado delante de las estanterías.
No buscaba ningún libro en concreto. De hecho, creo que los libros que uno busca rara vez aparecen cuando se los busca. En cambio sí aparecen otros. Los que llevan tantos años exactamente en el mismo sitio que ya habían dejado de ser libros para convertirse en relieve de la pared. Hay una cantidad sorprendente de ellos que nunca he visto leer a nadie. Tampoco recuerdo haber preguntado por qué estaban ahí. Siempre estuvieron. Igual que siempre estuvo aquella lámpara o aquel jarrón del que nadie habla pero nadie tira. Los compraron mis padres en aquella época en la que se compraba lo que aparecía porque luego quizá no aparecería otra vez, cuando el acto de comprar llevaba incorporada una cierta responsabilidad con el futuro y uno adquiría cosas no tanto porque las necesitara aquel martes concreto como porque intuía que algún día sería bueno tenerlas. Había que tener herramientas, había que tener vajilla, había que tener una buena enciclopedia y también libros, muchos libros. Ya habría tiempo para leerlos. El tiempo, por lo visto, podía esperar décadas metido entre dos tapas duras.
Ahora los abro yo con la extraña sensación de estar llegando puntual a una cita que llevaba demasiados años convocada. Hay una especie que siempre acaba llamándome la atención y que sospecho en un estado de conservación bastante delicado. Los libros de poesía, aunque quizá debería decir los libros de versos, porque no eran exactamente para leer poesía, al menos no de la manera en que hoy uno se acerca a un poema buscando compañía o consuelo. Eran libros de utilidad doméstica, de consulta, donde encontrar las palabras adecuadas para copiarlas en una tarjeta de cumpleaños, en una felicitación de boda, en un nacimiento, en un pésame. Me hace mucha gracia imaginarlos cumpliendo esa función con toda la solemnidad del mundo, abiertos sobre la mesa del comedor mientras alguien elegía cuidadosamente cuatro estrofas para dedicarle a un primo segundo o a una compañera de trabajo con la que apenas hablaba. Había un tiempo en el que las emociones también se copiaban de un libro, con buena letra, en caligrafía incluso, procurando no equivocarse para no tener que empezar otra vez la tarjeta. Supongo que dejaron de hacer falta el mismo día en que empezamos a escribir “felicidades” y añadir un emoticono que sopla velas. O quizá antes. No lo sé. Lo que sí sé es que hacía años que no pensaba en ellos y, sin embargo, seguían esperándome en la misma balda, sin que pareciera importarles demasiado haber perdido su oficio.
Con los álbumes de fotos pasa algo parecido. Cada vez que vuelvo a uno estoy convencida de que ya no queda nada por descubrir. Es una arrogancia curiosa pensar que una fotografía puede agotarse. La has visto cien veces, doscientas, conoces quién sale, dónde estaban, incluso recuerdas alguna conversación alrededor de esa misma imagen, y aun así siempre aparece algo que nunca habías visto. No porque la fotografía cambie, sino porque cambia la mirada, como si a una distancia aproximada de un año se activara un receptor nuevo especializado en exactamente un detalle que hasta entonces había decidido permanecer en silencio. Una mano apoyada donde nunca la habías mirado, la sombra de alguien que ya no recordabas que estuviera allí, una silla que ahora reconoces porque lleva meses en el salón de tu propia casa y antes no era más que una silla cualquiera, el gesto cansado de alguien cuya edad entonces no entendías y que ahora empiezas a reconocer en el espejo algunas mañanas.
No llego a las fotos más recientes, todavía en papel, así que eso de recientes habría que discutirlo, cuando escucho la voz de mi madre desde la cocina: ha parado de llover, es el momento de recoger las grosellas.
Ayer compramos los kilos de azúcar. Los botes de cristal ya están curados, las tapas esperan en el escurridor y las grosellas llevan días acercándose, burbujeando en su interior como avisando la pronta fermentación, al punto exacto en el que dejan de ser una fruta que se come directamente del arbusto para convertirse en otra cosa. No sé muy bien cómo hacen para avisar, pero en casa siempre se ha sabido cuándo era ese momento.
Salgo descalza. La hierba sigue fría, empapada, y vuelvo a pensar, como todos los años, que caminar sobre ella se parecerá un poco a volver a aquellos charcos de los julios de antaño. No se parece demasiado, pero sigo pisando primero descalza cada vez que deja de llover.