Verde

El hombre vivía en un piso tan pequeño que, si alguien hubiera ido a visitarlo, se habría sentido inmediatamente incómodo, no porque faltara algo, sino porque todo estaba pensado para una sola persona. No había un segundo vaso, ni una segunda silla, ni un lugar donde detenerse y estar simplemente. Pero aquello no constituía una carencia. Al contrario. El hombre consideraba que el piso era una obra lograda a la medida exacta de sus necesidades, sin un centímetro superfluo y sin una sola concesión a las expectativas sociales que obligan a las casas a fingir que esperan visitas.

La puerta se abría directamente a la cocina porque, después de todo, ¿para qué iba a necesitar un recibidor una persona que nunca recibía a nadie? La cocina consistía en un fregadero, una placa de dos fuegos y una estrecha superficie de trabajo sobre la que cabía exactamente una tabla de cortar, y aquello era suficiente, porque el hombre cocinaba platos que solo requerían una olla o una sartén y había aprendido hacía mucho que la abundancia de utensilios produce más desorden que felicidad. Sobre la cocina se alzaba un altillo de madera al que se ascendía por cuatro peldaños; allí arriba apenas cabía un colchón y una manta. Debajo del altillo había un escritorio del tamaño justo para apoyar un cuaderno y una taza de té. Debajo del escritorio dormían los zapatos y la regadera. La mesa se plegaba contra la pared y, cuando era necesario comer o escribir, descendía con un movimiento sencillo y silencioso; al terminar, volvía a su lugar y la habitación recuperaba de inmediato unos preciosos centímetros.

Con todo eso (o, mejor dicho, sin todo lo demás) el hombre encontraba el piso profundamente confortable. Podía apagar la lámpara desde la cama sin necesidad de levantarse; poner agua a hervir y, mientras esperaba, regar una planta; alcanzar un libro sin abandonar la silla, abrir la ventana y tocar la hoja más alta de la monstera en un mismo movimiento. El piso era pequeño, sí, pero estaba tan perfectamente ajustado a las dimensiones de su vida que le parecía menos una vivienda que una prolongación de su propio cuerpo, una concha construida alrededor de sus costumbres, un nido mineral donde cada objeto ocupaba el único lugar posible y donde no había espacio para nada innecesario, aunque sí, y esto le producía una satisfacción secreta, para todo lo importante.

Y entre las cosas importantes estaban las plantas. Allí donde otras personas habrían colocado una segunda silla para una visita improbable, él había puesto un helecho. Allí donde cabía un perchero, había instalado una hiedra. Sobre el alféizar, en las vigas, en las repisas altas y bajas, en el rincón donde otros habrían dejado una maleta para un invitado, crecían potos, filodendros, monsteras y cactus, hasta el punto de que la casa parecía haber sido diseñada para albergar, además de un hombre, una discreta y silenciosa multitud vegetal.

El hombre era asocial, aunque esa palabra siempre le había parecido injusta, un poco ruidosa y demasiado cercana a una enfermedad, cuando en realidad lo que le ocurría era algo mucho más simple y también mucho más difícil de explicar: las personas le producían cansancio antes incluso de llegar. Le cansaban los planes futuros, las visitas anunciadas con antelación, las conversaciones que debían mantenerse en pie mediante preguntas y respuestas, las tazas de café preparadas para alguien que luego se quedaba más tiempo del previsto, y le fatigaba sobre todo la obligación tácita de dejar en la vida espacio suficiente para otro ser humano.

Las plantas, en cambio, habían resultado ser compañeras ideales, acaso las únicas verdaderamente discretas, porque eran capaces de compartir el mismo espacio durante años enteros sin interesarse por las razones del silencio, sin hacer preguntas y sin interpretar la soledad como un problema que deba ser resuelto. Una planta puede permanecer junto a un hombre toda una vida sin averiguar su nombre; puede recibir agua, luz y un poco de tierra nueva sin sentir gratitud ni resentimiento; puede contemplarlo enfermar, envejecer o desaparecer y seguir creciendo con la misma aplicación tranquila del día anterior, y esa forma de convivencia, tan libre de expectativas y de ceremonias, le parecía al hombre la más delicada de las formas de afecto.

Por eso las había invitado a entrar. La monstera junto a la ventana había sido la primera en aceptar la invitación y, durante sus años de convivencia, había desplegado, con una generosidad casi escandalosa, hojas cada vez más grandes y profundamente recortadas, hojas que parecían mapas de archipiélagos desconocidos o manos verdes de un tamaño impropio para cualquier criatura doméstica; después llegaron los potos, cuyas lianas descendían de las vigas y regresaban al suelo para volver a ascender por cuerdas y soportes, describiendo en el aire trayectorias tan elegantes y pausadas que el hombre tenía la impresión de habitar junto a una escritura vegetal que se estuviera redactando; la hiedra eligió una esquina, los helechos ocuparon las repisas inferiores y derramaron sobre ellas una sombra fresca y húmeda; y, entre toda aquella exuberancia, aparecían aquí y allá los cactus, unos redondos y otros alargados, algunos cubiertos de espinas doradas y otros de una pelusa blanca semejante a la escarcha, que introducían entre tanto crecimiento una nota de severidad mineral.

El hombre conocía cada una de aquellas presencias con una intimidad que habría sido incapaz de alcanzar con cualquier vecino. Sabía qué hojas habían nacido antes que otras, qué tallos eran más sensibles al frío y cuáles se inclinaban hacia la ventana al comienzo de la primavera; sabía dónde aparecía el primer brote después del invierno y qué cactus florecía una sola vez al año, durante una noche tan breve que uno podía perdérsela por el simple hecho de haberse acostado demasiado temprano. Podía atravesar el piso en la oscuridad sin rozar una sola hoja, porque la distribución de las plantas se había convertido para él en una segunda arquitectura, más importante incluso que la de las paredes y los muebles.

Una mañana, mientras regaba la monstera, descubrió una hoja nueva, una pequeña espiral verde y pálida todavía enrollada sobre sí misma, tan tierna y reciente que parecía pertenecer a una sustancia distinta del resto de la planta, y se inclinó para observarla con curiosidad; pero, al hacerlo, le ocurrió algo extraño, porque de pronto comprendió que nunca había visto abrirse una hoja, que había visto innumerables hojas ya abiertas y contemplado innumerables veces el resultado de ese crecimiento, pero jamás el acontecimiento mismo, jamás la transformación mediante la cual un brote se despliega y ocupa un poco más de mundo. Acercó la silla, se sentó y decidió esperar.

Al principio no ocurrió nada, o nada que mereciera el nombre de acontecimiento, porque el mundo vegetal posee la extraordinaria habilidad de moverse a una velocidad tan lenta que la mayoría de los seres humanos la confunden con la inmovilidad; sin embargo, al cabo de un tiempo que el hombre no habría sabido medir, le pareció que el borde de la hoja se había aflojado apenas un poco, un movimiento diminuto, quizá no mayor que el espesor de una uña, y aquella mínima alteración le produjo una emoción tan desproporcionada que permaneció inmóvil, con la sensación de haber presenciado algo inmenso y secreto.

La tarde fue perdiendo luz y la habitación se volvió dorada, después gris y finalmente azul, y durante todo ese tiempo la hoja continuó abriéndose con una lentitud perfecta, y el hombre, que en otro momento se habría levantado para preparar la cena o encender la lámpara, permaneció sentado para no interrumpir jamás aquel trabajo silencioso y obstinado con su impaciencia, sus párpados o sus distracciones.

Entonces decidió mirar un poco más. Y luego un poco más. Y cuando el cansancio le obligó a cerrar los ojos un instante, al abrirlos descubrió que la hoja era ya visiblemente mayor y que, además, una de las lianas del poto parecía haberse alargado algunos centímetros y una raíz aérea del filodendro colgaba más abajo de lo que recordaba, de modo que comenzó a observar también las otras plantas y descubrió, con un asombro que lentamente se transformaba en fascinación, que todas estaban, en ese preciso instante, elaborándose a sí mismas.

Dejó de pensar en la hora. Después dejó de pensar en la cena. Finalmente dejó de pensar en cualquier otra cosa, porque le pareció que estaba contemplando la verdadera velocidad del mundo, una velocidad tan lenta que resulta invisible y, por ello mismo, aterradora, y sintió el deseo casi religioso de no perderse ni un solo instante de aquel proceso.

Permaneció allí mientras las hojas se desplegaban y las lianas encontraban nuevos apoyos y los helechos se volvían más densos y las sombras adquirían una profundidad distinta, una profundidad vegetal, hasta que la habitación empezó a parecerle menos un apartamento que un bosque cuidadosamente comprimido dentro de cuatro paredes; y cada vez que el sueño vencía a sus ojos y estos se cerraban apenas un segundo, al abrirlos el verde se había vuelto un poco más espeso, un poco más intrincado, un poco más abundante, de manera que comenzó a sentir una inquietud nueva y difícil de nombrar, porque comprendió que aquello no era un milagro ni un hechizo, sino la expresión más pura y más implacable de su naturaleza.

Cuando finalmente intentó levantarse descubrió que el lugar donde debía poner el pie estaba ocupado por una liana que antes no se encontraba allí, y al mirar alrededor observó que la distancia entre la mesa y la pared se había reducido, que las hojas de la monstera cubrían ya buena parte de la ventana y que los potos, cruzándose unos con otros, habían tejido en el aire una especie de cortinaje vegetal cuya densidad aumentaba imperceptiblemente cada vez que él cerraba los ojos, de modo que comenzó a sospechar que el piso estaba siendo sustituido por otra cosa: una construcción hecha únicamente de hojas, tallos, raíces y sombras verdes, un bosque doméstico que no hacía nada extraordinario, que no perseguía a nadie ni manifestaba voluntad alguna, sino que se limitaba, con la inocencia terrible de todas las formas de vida, a seguir creciendo.

Años después, los vecinos recordarían vagamente que un día dejaron de verlo salir. Nadie supo decir cuándo ocurrió exactamente, porque las plantas de la ventana seguían creciendo y, de vez en cuando, una luz se encendía entre las hojas. Lo cierto es que el hombre nunca volvió a abandonar el piso. El bosque doméstico terminó por cerrar sobre él todas las salidas. Y, cosa que acaso te sorprenda, querido lector, nunca llegó a importarle.