Horario guardería / 28

Con apenas unos segundos de diferencia me llegan dos fotos del mismo concierto. Enfoques diferentes, ángulos desviados, la misma carpa que pretende ser un escenario en la mitad de la zona verde que pretende ser un parque de un barrio extrarradio de la capital. La primera la envía mi hermano. La segunda, una amiga a la que no veo desde hace demasiados años. Durante unos segundos me quedo mirando la pantalla, deslizando la una foto y la otra, intentando entender qué clase de alineación estadísticamente improbable acaba de producirse. Los dos acompañan la foto con una nota (que no es esta, pero es lo que quiere decir): mira quién, me acordé de ti. El teléfono parece abrir un portal al espacio-tiempo donde la vida es otra, la gente es otra y me muevo al son de Patios llenos de palomas.

El cantante probablemente sigue cantando mal. No puedo asegurarlo porque no estoy allí, pero hay ciertas constantes universales sobre las que uno puede construir una impresión razonablemente estable. Si la gravedad existe, el cantante de Patios llenos de palomas sigue persiguiendo las notas por las calles secundarias y perdiendo en los cruces. Las canciones avanzan igual, torcidas, despeinadas, y, sin embargo, funcionan. Siempre funcionaron. No porque estuvieran especialmente bien hechas, sino porque se colaban por algún sitio raro, evitaban los mecanismos habituales de defensa y acababan instalándose durante años en una esquina del cerebro donde siguen pagando un alquiler ridículamente bajo. Y bailan, bailan mucho.

Escucho una canción y vuelve el polvo negro del puerto pegándose a los tobillos, las bicicletas, los barrios recorridos sin mirar un mapa, los puentes cruzados una y otra vez por el simple placer de llegar al otro lado, las fachadas cansadas, las calles secundarias que conocía mejor que las principales y aquellos portales que siempre parecían contener una pequeña tragedia doméstica desarrollándose fuera de plano, el mercado fuera de horario, los carteles anunciando conciertos, exposiciones o festivales a los que íbamos a todos con una hambre insaciable por la cultura y acciones, y por los compromisos por acudir porque siempre había tal compromiso con algún amigo o amigo del amigo o un no-novio imaginado.

Vuelven también las noches. Las noches de caminar durante horas sin motivo concreto, sin destino porque el destino era precisamente caminar, esperar sin saber qué se esperaba, sentarse en cualquier escalón, incluido el frío, incluida la nieve, hablar de futuros tan enormes que terminaban ocupando todo el horizonte y no dejaban espacio para mirar dónde estaban los pies. Lo más sorprendente es la cantidad de tiempo que dedicábamos a imaginar nuestras vidas futuras cuando estábamos ocupados viviendo exactamente las vidas que más tarde recordaríamos con una sobredosis de cariño y nostalgia, precisamente de aquellas épocas en las que creíamos estar atrapados. Que echaríamos de menos los pisos compartidos, las comidas improvisadas, las amistades caóticas, los trabajos absurdos y hasta ese cansancio permanente de quien todavía no ha aprendido a distinguir entre libertad y falta absoluta de estructura. Supongo que tampoco lo habríamos creído.

Miro otra vez las dos fotos. Mi hermano está allí. Mi amiga también. No aparecen en las imágenes, pero están detrás de la cámara, ocupando una ciudad que todavía existe y al mismo tiempo ya no existe en absoluto. Porque las ciudades tienen la costumbre de permanecer físicamente en el mismo sitio mientras destruyen todas sus versiones anteriores. Los edificios sobreviven. Las calles sobreviven. Los tranvías sobreviven. Lo que desaparece es la combinación exacta de personas que las recorrieron en un momento concreto. Se pierde la configuración. La alineación improbable de amigos, hermanos, amantes, compañeros de piso, trabajos temporales, bares baratos, canciones mediocres y decisiones cuestionables que durante unos años consiguen convencernos de que la vida tiene una forma determinada antes de dispersarse para siempre. Por eso los recuerdos son tan malos archivistas.

Uno cree que va a recordar los acontecimientos importantes y termina conservando detalles completamente inútiles. El olor de los tilos cuando empieza el verano. El ruido de una bicicleta pasando por las calles empedradas. El reflejo de las vías después de una tormenta. Un patio asfaltado lleno de palomas y gatos al que alguien decidió llamar parque con una confianza verdaderamente admirable. Un parque que soñaba con convertirse en bosque. Un bosque que soñaba con llegar hasta el lago. Del lago había mucho. Los conciertos. Los amaneceres que llegaban facilmente pronto. La certeza permanente de que todo estaba a punto de comenzar mientras ya estaba pasando.

No estoy segura de echar de menos aquella época. Creo que lo que echo de menos es algo bastante más específico y probablemente más ridículo. Echo de menos a la persona que podía perder una noche entera siguiendo una melodía desafinada sin preguntarse si estaba aprovechando bien el tiempo. Y que precisamente por eso lo gastaba con una generosidad casi ofensiva.

Ap (starp) mums – Baložu Pilni Pagalmi