Horario guardería / 27

Amanecí esta mañana dedicando mi primer café a la búsqueda de solares en venta en un pueblo minúsculo del Pirineo aragonés. Guiada no tanto por un impulso que nace de ninguna parte —llamémoslo subconsciente, aunque las cosas siempre nacen de alguna parte, por pequeño que sea el arroyo de su comienzo, un granito de arena que destapa el conducto—, sino concluyendo un viaje reciente y aún presente a un pueblo minúsculo del Pirineo aragonés, con solares abiertos en puertas, ventanas, tejados, exponiendo el potencial de sus paredes de piedras multiformes, encajadas, juntadas por manos humanas hace tres siglos.

Los orificios de sus caras, las de las casas que ya no son casas o todavía no lo son, me miran con sus ojos y boca bien abiertos y quieren gustarse y esconderse al mismo tiempo; quieren que venga a juntar las puntas, que cubra sus entrañas y que habite entre el polvo arenisco que desprende una pared de piedra que tiene mucha arena en su cuerpo, descontando el tiempo que durará más que la vida que conoceremos, y al mismo tiempo se resiste a desprenderse de las ramas y raíces que trepan y se agarran a la pared en un abrazo que llegó cuando se fueron y quedó como un consuelo.

Ni una piedra puede vivir sola, sin que la toquen, que la rocen, que le recuerden sus contornos y hagan la ilusión de que persiste un espacio asignado para su ser en este mundo.