Horario guardería / 26

Hay noches de verano en las que una no duerme: una se conserva. Como los yogures. Como las anchoas. Como ciertas emociones que sería mejor procesar en invierno. Treinta grados durante las horas del sueño tienen algo profundamente ofensivo, porque no es un calor alegre de terraza y sandía; es un calor quieto, doméstico, pegado al cuerpo como una mala decisión. Te tumbas en la cama con la esperanza ingenua de descansar y, al poco rato, ya estás negociando contigo misma posiciones imposibles para reducir el contacto entre tus propias extremidades. El muslo no quiere tocar al otro muslo. El brazo no quiere tocar el torso. El pelo no quiere tocar absolutamente nada. Hay personas que dicen amar el verano, pero sospecho que hablan del verano de las películas italianas, no del verano real de las once y media de la noche cuando la almohada parece recién salida de una panadería.

En estas circunstancias el ventilador adquiere un papel casi emocional. Ya no es un electrodoméstico: es compañía. Su runrún constante tiene algo hipnótico, como si quisiera convencerte de que todo está bajo control aunque claramente no lo esté. El ventilador no enfría tanto como promete, pero mueve el aire lo suficiente para que el cerebro recupere un mínimo de esperanza. Eso sí, jamás debe colocarse demasiado cerca. Hay una línea muy fina entre “brisa agradable” y “despertar con la garganta convertida en papel de lija”. El ventilador tiene que mantenerse a una distancia elegante, presente pero sin violencia, como ciertas personas encantadoras que saben perfectamente cuándo dejar espacio.

También hay que aceptar que el verano obliga a desarrollar estrategias psicológicas sofisticadas. Por ejemplo, retirar el edredón pero conservar la funda. Esto es fundamental. El cuerpo humano no sabe dormir completamente desprotegido; necesita una ficción ligera de refugio. La funda vacía cumple exactamente esa función. El cerebro piensa: “seguimos siendo personas arropadas”, aunque en realidad estés cubierta por una tela hueca que apenas pesa lo suficiente para conservar la ilusión de que te has tapado con algo. Y aun así funciona.

Con treinta grados tampoco conviene hacer el amor. Hay momentos para la pasión y hay momentos para no tocarse accidentalmente ni los tobillos. Los cuerpos, a ciertas temperaturas, dejan de ser sensuales y empiezan a parecer recipientes de agua templada. Incluso si el objeto del deseo duerme en otra parte, conviene no pensar demasiado en ello. Fantasear también da calor. Una empieza recordando un beso y termina girando la almohada otra vez buscando un lado frío que ya no existe. La imaginación romántica, en verano, debería administrarse con prudencia. Si hace falta cercanía emocional, recomiendo abrazar un cojín largo con funda de satén. El satén tiene esa frialdad elegante y ligeramente hotelera que hace sentir a una persona sofisticada aunque esté sudando detrás de las rodillas.

Tampoco conviene acercarse demasiado a los niños dormidos. Esto es importante y no se comenta suficiente. Los niños pequeños generan una cantidad de calor absurda, especialmente en la cabeza. Uno se acerca con ternura para darles un beso y descubre que viven en una combustión interna constante. Hay que quererlos con prudencia térmica. Admirarlos desde cierta distancia. Como el sol, pero en pijama.

La ventana, por supuesto, debe permanecer abierta. Aunque abierta “con criterio”. Porque una cosa es dejar entrar aire y otra muy distinta permitir que toda la fauna nocturna participe en la experiencia. La cortina tiene que estar puesta. No porque vaya a detener realmente a los mosquitos —todos sabemos que los mosquitos encuentran siempre la manera— sino porque transmite sensación de orden. Sin cortina, la noche entra demasiado en casa. Con cortina, al menos parece que seguimos teniendo normas.

Y luego llega la madrugada. No la de las dos ni la de las tres, que todavía pertenecen al territorio hostil del calor pegajoso, sino la otra. La que ya empieza a acercarse al amanecer. Ahí ocurre algo casi espiritual. El aire cambia apenas un poco y el cuerpo entero lo percibe como un milagro. De pronto se puede respirar. Las sábanas dejan de parecer materiales industriales y el dormitorio recupera cierta dignidad humana. Dura poco, quizá unos minutos, pero son minutos gloriosos. Mientras amanece entra una brisa suave por la ventana, los pájaros empiezan su entusiasmo exagerado y una piensa: ahora sí podría dormir. Exactamente ahora. Cuando ya casi toca levantarse. Como si la noche, después de maltratarte durante horas, quisiera terminar con un pequeño gesto de cortesía.