Horario guardería / 25

Dos pinzas sujetan en el vacío de la propiedad de vecinos un par de calzoncillos de tela. Son nuevos, de corte clásico, tienen dos botones de plástico gris en el frontal (cuyo uso no está claro) y otro en la bragueta. El estampado es de cuadros verdes y azules que brillan con el sol del mediodía. La goma está firme como una piel joven.

Así de tensas están también las gomas de otros dos pares de calzoncillos; de colores son las pinzas que los sujetan a la cuerda de tender. Son como el otro par: clásicos, de tela fina, con un estampado de cuadros, botones en el frontal. Nuevos.

Un poco más allá hay unos calcetines negros de ejecutivo. No hay mucho más que añadir.

A su lado, el algodón de otro par de calcetines reluce blanco y esponjoso, recién lavado. El logotipo estampado en el tobillo ondea alegremente al viento. Dos pinzas de colores los sujetan por los talones, reforzados para evitar el desgaste de las carreras y de los saltos.

Un calcetín verde cuelga entre los calcetines de deporte y una camisa celeste. Es un calcetín desparejado, solitario. Un pequeño roto asoma en la punta.

Siguen por este orden: unos pantalones de pijama de felpa, la funda de una almohada, un jersey de pico.

Al final, como si colgaran de la cuerda por equivocación, hay unas braguitas verdes de tul, escasas de tela y con encaje. Se enroscan como un signo de interrogación.

En la otra cuerda, ya entrando en el territorio de otros vecinos, cuelga una sábana blanca todavía húmeda y pesada. Un telón de fondo.