El cosmonauta Iván Petrov alcanzó 7,91 km/s de velocidad orbital —la mínima para no caer como una piedra patriótica— cuando la Luna decidió practicar una ocultación solar con una precisión de 0,53 grados aparentes. La Academia celebró el dato: eclipse perfecto, propaganda perfecta.
El cosmonauta no figuraba en la ecuación.
Mientras el Sol desaparecía, también lo hizo Iván: un error de navegación de apenas 0,0003 radianes, aceptable para la estadística. En tierra anotaron la anomalía en una tabla seria: “Desacoplamiento biológico del sistema”. El cohete funcionaba bien, que era lo importante.
Durante horas calcularon órbitas, precesiones y masas lunares. Nadie calculó a Iván.
Algún técnico sugirió buscarlo. Otro respondió que el cohete había alcanzado el récord de eficiencia estructural.
Aplausos.
En el informe final se concluyó: Primer eclipse observado desde una nave funcional.
Del cosmonauta se añadió una nota al pie: Objeto no recuperado.
La nave recibió medalla.