Guardamar

El hombre que sostiene el farol guarda la mar en calma. Se mueve, la mar, con la cadencia de un baile estrecho. Las olas, casi fingidas, dejan su saliva blanca sobre el mascarón de proa. No hay luna que alumbre la mar. Solo aquel puntito de luz en el océano, diminuto y artificial, que sostiene el hombre mientras los demás duermen en sus cunas de agua.

Duele el brazo después de una noche larga. Piensa el hombre, abrumado por la inmensidad, que no soportará mucho más tiempo con el brazo extendido, vigilante. El salitre le pellizca la piel. La capa que lleva no puede protegerle de la intemperie. Piensa el hombre, adormecido por la música de las corrientes, por qué él.

La guardia es solitaria, hostil, infinita, y baja unos centímetros el brazo. Será solo un momento, piensa el hombre, y baja unos centímetros más el brazo. Arropa el farol bajo su capa. La mar entonces se embravece, sigilosa. Las olas, de puntillas, trepan por el mascarón de proa y alcanzan al hombre cansado. Se le llenan las mejillas de agua y el puntito de luz se apaga.

Un solo hombre guardaba la mar en calma.