Horario guardería / 8

Durante un tiempo pasado, mi vida era un tránsito casi constante. Al salir de mi casa con poca edad, que para entonces pareció más que suficiente, emprendí ese modo de vida de idas y vueltas repetitivas que se alargó durante un buen tiempo hasta asentarme en un lugar lo suficientemente lejano de todos los puntos a los que iba y de los que siempre pretendía regresar.

De pequeña, gracias a la herencia genética de mi madre, cada vez que tenía que subir a un coche o autobús, entraba en un estado de odisea en el que peleaban mis ganas por viajar, salir, cambiar de aires, aunque fuera por unas horas y trayectos —hoy en día, ridículos—, con un malestar físico que me perseguía y que tenía tan asimilado que me había hecho una experta en la detección de cada una de sus fases. Cada vez que abandonaba mi pueblo, se me mezclaba esa alegría por la escapada, aunque solo fuera para ir a un concurso de lengua, matemáticas o carrera a campo traviesa a la ciudad cercana, con una lucha interna constante que emprendía conmigo misma en ese primer asiento de autobús, al lado de profesores y muy lejos de mis amigos. Si me imagino viéndome desde fuera, sería como una niña estática enfrente de la enorme luna del autobús y, de fondo, una fiesta.

No viajaba mucho. Mis pases de salida eran los concursos escolares, que aprovechaba al máximo, abordando todas las disciplinas posibles: desde lo más académico hasta lo más científico, pasando por audiciones de canto y piano, pruebas deportivas, concursos de pintura, teatro… Creo que, inconscientemente, esa niña en mí quería salir del pueblo y de la vida cotidiana cada vez que fuese posible, ya que las posibilidades no eran muchas.

Los viajes más desafiantes y más emocionantes siempre eran los traslados estivales a la casa de mis abuelos. Vivían en otra punta de Letonia, en otro pueblo pequeño, al que llegabas cruzando una buena parte de, topográficamente hablando, la parte gorda de mi país. Entonces era un viaje de cuatro horas en coche, cada vez diferente, ya que mis padres, a falta de uno propio, los tomaban prestados de sus amigos o compañeros de trabajo. Las cuatro horas entonces me parecían todo el día, ya que salíamos a primera luz de la mañana y la tarde ya formaba parte de otro universo. A pesar de las paradas involuntarias, fuera para mear en arbustos o vomitar, me fascinaban esos viajes y me siguen fascinando justamente esos viajes más que nada: ese mismo camino, esos mismos cinco cruces ferroviarios, esas mismas curvas suaves que te elevan por encima de llanuras interminables con fondos de bosques azulados y lagos repletos de lirios y brillos de sol. Más tarde, mucho más tarde, cuando ya era una experta viajera y rara vez coincidíamos en el mismo coche con mis hermanos, esos viajes con mi madre, cantando las dos a todo pulmón y parando en la gasolinera justo a medio camino, que con cada cambio de dueño cambiaba su nombre a otro nombre de pájaro, se convirtieron en una especie de escapada-encuentro entre la vida de antes y la vida de después, entre la vida de partir de un punto natural todos juntos y la de juntarnos en un punto para emprender el viaje. A la vuelta, me solía dejar en la estación del tren en una ciudad que marcaba la bifurcación entre volver a casa y volver al futuro.

Durante mis años en el pueblo, el viaje más largo que emprendí en esa época de la estimulación excesiva del aparato vestibular por el movimiento fue un trayecto desde mi pueblo hasta Verl, una ciudad en la otra punta de Alemania (viéndolo desde nuestra entrada por el este), en un autobús cuyo maletero era tan pequeño que solo podía albergar una minúscula parte de las pertenencias de varias decenas de escolares que iban a pasar dos semanas en un campamento alemán. Recuerdo estar sentada en mi asiento predeterminado en una de las primeras filas del autobús (en la primera, claro está, se sentaba la directora), con todo el pasillo lleno de maletas y mochilas. Y la gente durmiendo de mala gana entre y encima de ellas. Hoy en día sería imposible hacer un viaje así; de hecho, no dejarían que ese autobús saliera de sus fronteras comarcales. Lo mejor de todo el viaje, incluida la vuelta —sumando así unos 3.000 km de camino—, fue que no me puse mala ni una sola vez. Ni una    sola    vez.

Años más tarde, a esa poca pero suficiente edad en la que salí de mi casa para dar mi primer paso hacia la ampliación geográfica de mi universo, lo justificaba ante mí misma y ante la directora de mi colegio del pueblo con una necesidad intelectual de continuar mi desarrollo académico en una escuela de mayores posibilidades. Con la directora, a solas, solo coincidí en dos ocasiones, ya que para nada era de las alumnas que necesitase frecuentar su oficina. La primera fue cuando redacté la carta colectiva para renunciar a nuestra tutora, carta que firmamos todos los compañeros de clase, pero que, por estar redactada con mis palabras y con mi puño y letra, se consideraba “mi carta”, la cual llevaba como una chapa en mi pecho con orgullo de responsabilidad por delante y con una aguja por detrás que pinchaba directo en el corazón. La otra fue por mi decisión de marcharme. Según la directora, tenía que quedarme en mi casa, en mi pueblo, en mi colegio y allí en mi puesto de “locomotora” (cita directa) para mi clase, ya que, si me iba, perderían el punto de referencia que, siendo sinceros, nunca aspiraban a alcanzar. Lo tenía decidido. No había manera de retroceder. Lo tenía decidido yo y lo había aprobado mi madre, y eso ya era un caso sellado en el que no entraban más dudas ni más propuestas inconsumibles.

Y así, con tan solo 15 años, empecé a subir a un autobús que me llevaba a una ciudad a una hora de distancia, para traerme de vuelta cada viernes por la tarde. Luego era cada segundo viernes, luego una vez al mes, y aunque los viajes de fin de semana no se reducían, sí se desviaban de los que se dirigían hacia mi casa. Pasaba entonces mucho tiempo en la casa de mi amiga en otro pueblo cercano, donde encontraba una especie de “casa ideal”, de esas que los niños (y, seamos sinceros, los adultos también) perciben en casas ajenas, donde destaca lo que uno tiene y lo que tú no has tenido. Soy consciente de que hasta el día de hoy no he llegado a agradecer lo suficiente todo lo que esa casa y esa amiga hicieron por mi yo de entonces. Podría justificarme diciendo que ya estoy demasiado lejos y que ya está todo demasiado olvidado. Ni de lejos. Si pudiera volver a cualquier punto pasado de mi vida, sería justo allí, justo ese verano marcado por muchos baños en el lago, muchas caminatas por carreteras entre pueblos, mucho coro y mucho bádminton, y muchas fotografías de la única fotógrafa hasta ahora que ha sabido encontrar el punto fotogénico inexistente de mi cara. También de mi primer verano de “amor de verdad y para siempre”, que surgió como complemento inesperado de esa amistad. El cuento clásico de amigo de la amiga. Allí está, si rebobinas unos cuantos párrafos de todo esto, ese recuerdo en forma de un álbum de fotos que se perdió sin dejar ni rastro. Eran esas fotos, era (o es) esa llave que pretendía abrir el baúl de mis recuerdos mejor cotizados.

Para entonces, ya había perdido por completo mi malestar viajero y, cuando empecé a estudiar en la capital y los trayectos se extendieron hasta cuatro horas por camino, podía dormir, comer y hasta leer libros en un autobús en pleno movimiento. Daba igual: estaba curada y viajaba sin parar, salvo que mi presupuesto me lo impidiera.

Dando un salto de muchos años y muchos viajes hechos, a raíz de convertirme en madre, volví a experimentar esa sensación casi infantil de no estar a gusto en un vehículo en movimiento. Si durante el embarazo lo adjudicaba a cambios hormonales, ahora, a cuatro años de eso, vuelvo a hacer el esfuerzo para subir a un autobús. Sí, hago un esfuerzo, me entreno de nuevo, sumando trayectos cortos, más largos, aún más largos. Con biodramina, con media pastilla, con una pastilla solo cuando me siento realmente mal. Llevo bolsas de plástico en mi mochila. Las acabo usando para otros fines, que con una niña de poca edad nunca faltan. Reservo los primeros asientos en el autobús. Miro directo o lejos, nunca a los árboles cercanos. Pasando un túnel, cierro los ojos y contengo la respiración. Salida, respiro. Otro túnel… vuelvo a inhalar, ansiosa, como si saliera de debajo del agua con un pulmón huérfano de aire. De hecho, nunca bajo la cabeza bajo el agua. No me gusta parar de respirar. No me gusta pensar que no pueda respirar lo suficientemente normal como para mantenerme consciente o con vida.

Mi hija se marea en el coche. Gracias a la herencia genética de su madre, cada vez que tiene que subir a un coche (por ahora no me atrevo con autobús), entra en un estado de odisea en el que pelean su malestar con las ganas de llegar al punto prometido. No lo ha asimilado, no ha aprendido a controlarlo, está en la fase de negación. Me pregunto cuántos viajes le costará hacer el mareo suyo y hacerse la experta. Quizás para entonces los coches ya no olerán a coches, su movimiento será imperceptible y la biodramina será una especie de ambientador. Quizás para entonces alguien ya se habrá hecho con la teletransportación y el camino se volverá una especie de bobina prescindible de una vieja cámara de fotos.