Nos gusta pensar que somos una comunidad creativa, progresista, que mira hacia el futuro. Hablamos de romper techos de cristal, de fomentar la diversidad y de construir espacios seguros donde todas las voces tengan cabida. Pero hay algo que parece escaparse entre los discursos inspiradores y los manifiestos bienintencionados: el tiempo. Ese pequeño detalle que marca la diferencia entre poder participar o quedarse al margen.
Últimamente me he ido abriendo a una serie de propuestas, oportunidades que durante los demasiados años tenía apartadas. Entre ellas están los programas de impulso feminista que van floreciendo en la industria audiovisual. Son realmente buenas y necesarias, ya que pretenden tender la mano a quienes quieren abrirse camino en este sector tan codiciado como precario. Es una mano feminista, que presuntamente te entiende, mujer, te apoya, mujer, y quiere impulsar que tú, mujer, formes parte íntegra y profesional de este mundo del cine.
Lo que me pasa con estos programas montados con las mejores intenciones del mundo es que suelen tener un punto de incompatibilidad, que suele ser un punto relevante. Así que me voy abriendo y cerrando en cuanto me topo con el punto de las bases que exige la presencia imprescindible que rara vez coincide con mi horario laboral.
Hablo de la conciliación. Y no necesariamente de la familiar o la maternal, que sería mi caso, mi problema. En general, los horarios y las condiciones bajo las que se ofrecen estas iniciativas dejan ciertas dudas sobre el compromiso real con las vidas de las personas, ya sean madres, cuidadoras, amantes de la tranquilidad doméstica o simplemente humanas con derecho a existir más allá del trabajo. Viernes tarde, sábados, domingos, dos semanas aislados en el monte, idas y vueltas entre diferentes ciudades…
Lo siento, estoy demasiado atada para poder participar, demasiado entrelazada para poder empoderarme. Lo siento, no puedo asumir un sacrificio personal para convertirme en una profesional, lo siento, no tengo tiempo para vivir dos vidas paralelas. Y más que nada, me disculpo así ante mi misma, ante mi otra yo a la que le gustaría saltar al limbo estrellado y destacar en la sociedad.
A veces me surge la duda si la vocación audiovisual solo se mide por la disposición a sacrificio, por esa entrega total que roza el martirio.
¿Podemos hablar después de las 19:00, cuando salgo del curro?
¿Podemos hacer un Zoom este domingo?
¿Podríamos grabar en Semana Santa?
No entiendo por qué es tan difícil imaginar, comprender y, por lo tanto, respetar que una persona, aunque forme parte del mundo audiovisual, pueda tener un simple deseo de vivir con algo parecido a un horario normal. ¿Por qué me siento mal exigiendo que las reuniones se produzcan dentro de las mismas horas en las que los demás humanos firman contratos, hacen cafés y pagan alquileres?
Pues no, lo siento (que no lo siento), yo salgo del curro a las 16:00.
Pues no, lo siento (que tampoco), el fin de semana no estaré disponible.
Pues no, lo siento (aún menos), durante la Semana Santa estaré descansando para volver a trabajar con las pilas e ilusiones recargadas.
(nunca a nadie) Soy una profesional y mi hobby es regar las plantas y no hacer mi trabajo.
(nunca a nadie) Mi altruismo ha llegado a su límite. Ridículamente lejos me lo había puesto.
Nos vemos en la próxima reunión. Ah, no, espera, tengo que hacer la cena.