Otro día, justo antes de inundar la ciudad con sonidos de tambores, intentando replicar las pautas rítmicas de la txaranga y, a su vez, seguir los movimientos indicativos de un cuchillo de dimensiones gargantuescas, estaba bordando una ¨R¨ blanca en el pañuelo azul y otra ¨R¨ azul en el delantal blanco del primer atuendo de Tamborrada de mi hija. Por riesgo de confusión o apropiación involuntaria de prendas ajenas, nos piden desde la ikastola que todo lo que traiga el niño puesto lleve su nombre. Si los jerseys y chaquetas industriales parecen tarea fácil, por la simple razón de llevar una etiqueta, un rectángulo mayoritariamente blanco donde siempre se podrá encontrar un espacio para poner una ¨R¨, la ropa de punto hecha por mi madre sigue resistiendo. Pero, como tampoco hay mucho chaleco con trenzas por allí, confío en que lo diferente se hará visible y recordable en conjunto con su propietaria.
Hablando de mi madre, gracias a ella dispongo de la ventaja de tener que bordar tan solo una ¨R¨, ya que se me antojó poner a mi hija el nombre de la mujer, hasta entonces, más importante de mi vida. Ahora son dos, comparten espacio en mí, años para arriba y años para abajo, y comparten el nombre iniciado por una ¨R¨.
Al pasar la aguja con hilo a través de las fibras de tela de, presuntamente, algodón, formando unas líneas perfectas y reconocibles de una letra, sentí un chapuzón de orgullo de esos que quieres que estés en medio de una plaza con gente para que todo el mundo vea lo que y qué bien lo estás haciendo. Resistí sacarme una foto para Instagram, para diluirme entre memes sin sentido, fotos vacacionales y de comida, fotos viejas para que la gente piense que el tiempo no pasa por ti (¡yo!) y reposts de reposts de denuncias por injusticias sociales, como si con un repost de repost hubieras hecho tu tarea de buen ciudadano, pero no he podido resistir comentarlo por aquí, por este patio que frecuento yo, tres gatos y algún que otro viandante ocasional.
El orgullo no vino por lo bien que se me quedaba la cosa, sino más bien por el hecho de que he podido hacerla. Parecen pequeñeces, pero, por mis observaciones empíricas, deduzco que ya queda muy poca gente que, ante una necesidad parecida, primero, acuda a un hilo y una aguja y, segundo, sepa manejarlos para llegar a su propósito: coser un botón, recoger unos bajos de pantalón, reforzar ese lacito de tela en la nuca del anorak que se tiende a escapar por tanto colgar la prenda con bolsillos llenos de sobrecarga, ni hablar de poner un parche en la entrepierna de un pantalón. Y todo empieza por conseguir que el hilo atraviese el ojo de la aguja. Muchas veces, toda la ilusión acaba justo allí.
Tendría que consultarlo, pero creo que me hice con la costura básica antes de cumplir los 10 años. Digo costura con hilos y agujas de verdad y no saber pasar una cuerda por un agujero tamaño guisante. En mi época era algo muy normal que los niños aprendieran a coser, igual que hacer punto y ganchillo, a edades muy tempranas y sin distinguir si era cosa de chicas o chicos. Será una de las pocas cosas de la educación soviética que desearía que se hubieran mantenido. Eso, los trabajos en los campos de manzanas —recolectamos las manzanas que luego se convertirían en compotas consumidas por nosotros mismos en el comedor— y el gran acontecimiento anual de pasar el rastrillo por las hojas caídas en el territorio arbolado de mi centro escolar. Aprendimos a hacer las cosas sin cuestionar qué utilidad iban a tener en nuestro futuro, aprendimos a trabajar en equipo, seguir una lógica o un orden, cumplir tareas, y aprendimos el orgullo y la satisfacción que percibe uno tras un trabajo bien hecho.
A parte de ser o no ser parte de un plan educativo, los hábitos y el saber-hacer-cosas vienen de la familia o, según mi humilde opinión, deberían venir de la familia, igual que la estructura del cuerpo o las pecas. Rebobinando los años de imaginación ilimitada propia de una infancia sin pantallas ni cacharros, no recuerdo haber soñado con tener familia con muchos hijos. En los juegos infantiles solía ejercer de profesora, enseñando inglés primitivo a mis tres peluches que compartía con mis hermanos y a mi hermana de 3 años que resultó ser la única alumna humana de mi clase, o tal vez dueña de un restaurante u hotel (no sé de dónde saqué el conocimiento de la existencia o funcionamiento de ello), mientras mi hermano me proporcionaba servicios de banco y de correos. Todos estos establecimientos bien montados entre las crestas de leña de nuestro patio. Sobraba madera carcomida que por su textura se asemejaba a carne de pollo, arroz de serrín de diferentes colores, ensalada de mil hojas que crecían allí mismo en la pendiente del río, salvo las del olmo, que mi hermano había declarado como moneda por lo tanto no podía emplearse para otros usos. Volviendo a los hijos, lo que sí recuerdo es que tenía bien claro que iba a hacerles ropa, tal y como lo hacía mi madre para nosotros. Aunque era por pura necesidad, ya que las tiendas no abundaba de productos asequibles, o sea, no había cosa para comprar, ni tampoco mucho recurso para comprar ropa en tienda para una familia de cinco, pero entonces me pareció lo más normal del mundo y hasta un lujo – disponer de una madre que me sepa confeccionar un vestido completamente nuevo y único para cada 1 de septiembre, que según la tradición letona, salvo si cae el fin de semana, es el primer día de cole de cada año escolar.
Aparte de los vestidos, faldas, blusas, pantalones, hasta abrigos, gorros y bañadores, mi madre nos hacía disfraces. Formaban parte de otra maravilla preescolar y escolar que era el teatro. Desde los dos años, cuando empecé mis andaduras colectivas más o menos conscientes, iba formando parte de todos los espectáculos que generaba mi centro educativo: Navidades, Día de la Madre, Pascua, Fin del Año, y otros que alternaban los días del calendario, siendo propuestas puramente creativas basadas en la iniciativa de la profesora responsable. Por mi aspecto fisionómico, por mi carácter recogido y por mis dotes musicales, me solían adjudicar roles de mucho encanto e iluminación, como serían el sol – recuerdo esa blusa amarilla satinada con mangas abullonadas y una falda que llegaba hasta el suelo – o el copito de nieve – una obra maestra de mi madre a base de mucha gasa blanca y adornos de Navidad. Cabe mencionar que los dos – copito y sol – son femeninos en letón. Luego surgieron hadas, princesas, madretierra, madreviento… La única vez que no me tocaba hacer más o menos el mismo papel fue cuando mi tutora y, a la vez, la profesora del teatro del colegio decidió escenificar la obra de Mary Poppins. Y, claro, quería ser la protagonista, ya que el resto de los papeles interesantes eran masculinos y, en esa época, en un teatro colegial nadie se molestaba en hacer adaptaciones creativas cambiando el género o el aspecto de los personajes suficientemente bien descritos en la materia base, el libro en este caso. Acabé siendo la narradora por mi buena pronunciación y porque era la mejor en la prueba de lectura de velocidad en voz alta (qué prueba tan absurda). En general, cuanto más presencia y texto, más posible era que me tocase a mí.
Hablando de obras maestras entre los disfraces hechos por mi madre, destaca indudablemente El Erizo, un disfraz aparentemente secundario que hizo para mi hermano para una obra en preescolar. Se trataba de una boina marrón y un chaleco largo, también marrón, que estaban cubiertos con interminables conos negros de papel, de tal manera que, al tocarlos, pinchaban de verdad. Claro está, mi hermano tenía que quitarse el traje para poder sentarse, pero como su papel siempre estaba de pie – ay, esos animalitos antropomorfos – el disfraz cumplió con su propósito a la perfección. Creo que, justamente el erizo, y no las mil y una capotas con orejas de conejos o ratones, me marcó esa ilusión de llegar un día a ser esa madre que, con sus propias manos, envuelve a su hijo en el mundo de la imaginación.
Soy madre. Para el primer día de carnavales que le tocó a mi hija, a punto de cumplir 2 años, le hice un traje de margarita, cosiendo pétalos blancos de fieltro fino a un vestido amarillo. Eso con medias verdes y flor hecha. No se asemejaba ni pizca a los disfraces de mi madre, pero me dejó satisfecha. Luego descubrí las jugueterías y las propuestas prefabricadas y tuve dos pensamientos: “qué fea la tela y qué mal hecho todo” (como uno que sabe coser mira los botones de cualquier abrigo recién comprado) y “no reconozco ni la mitad de los personajes”. O sea, mi asombro ante tanto perro rosa con alas y gatos con más connotaciones eróticas que felinas me hizo contemplar el cambio del mundo imaginario de los niños, siendo ellos el reflejo más fiel e intacto de la sociedad. En mi infancia, siendo lo mismo el germen de mi imaginación, aunque los animales caminaban y vivían en setas gigantes, y los copos de nieve conversaban con el sol, seguían siendo eso: animales con sus colas y agujas, y fenómenos naturales con sus características básicas y reproducibles: colores, pétalos o brillos. Eran personajes que conocíamos y con los que, de alguna manera, nos podíamos identificar. También lo eran los personajes de los libros y dibujos animados, dónde rara vez resaltaba cosas desorbitadas como gato cósmico o un villano llamado Perpendiculo cuyo tronco consistía en cajones. Entiendo que el mundo imaginario no puede tirar siempre del mismo bosque y no hay nada malo en que existan perros salvavidas o cerditos dibujados a una línea escasa que con la vida del cerdo guardan tan solo el placer por los charcos de barro, pero me inquieta de cierta manera que el niño de hoy en día ya no perciba ese perro o ese cerdo tras su marca comercial. Y me preocupa de manera aún más acertada que mi sueño de coser disfraces de flores o almidonar las orejas de un conejo ya se esté quedando obsoleto. ¿Tendría algún valor real más allá de mi egoísta satisfacción? Me pregunto y corto el hilo de la segunda “R” terminada.
La mañana siguiente mi hija despierta con mocos y agur la primera Tamborrada. Solo espero que hasta el año siguiente seguirá llamándose por el mismo nombre.