Anoche, después de cumplir con el ritual perfectamente medido —tres libros, ni uno más ni uno menos, con sus pausas dramáticas, sus interrupciones estratégicas y ese este no, otro que siempre llega cuando ya estás acomodada—, llegó el momento de invertir los papeles. Según indicaciones muy concretas, ahora me tocaba a mí leer mi libro mientras yo ponga a dormir a mis peluches. Uno por uno, con una seriedad que ya quisiera cualquier turno de noche hospitalario.
Me coloqué boca abajo, libro abierto sobre la almohada, en esa postura que pretende ser cómoda pero que en realidad es una rendición lenta del cuerpo. Abrí el libro, enfoqué la vista, empecé a leer. ¿Por qué no estás leyendo? Sí, lo estoy. No. Estás mirando. Tienes que hablar. Intento explicarme, sabiendo que estoy entrando en terreno pantanoso: Es que yo leo con los ojos. Silencio breve. Procesamiento visible. Y entonces, la pregunta que desmonta toda la arquitectura adulta de la lectura: Pero así no se escucha nada. ¿Cómo sabes lo que dice? Y ahí es donde algo se recoloca. Porque, claro, ¿cómo se sabe lo que dice algo que no suena? ¿En qué momento la palabra deja de ser sonido para convertirse en otra cosa?
Mientras uno no sabe leer, la lectura es, esencialmente, un acto auditivo. No hay interpretación autónoma, no hay acceso directo al texto: hay una voz prestada. Y esa voz no es neutra ni secundaria, es el canal completo. Todo pasa por ella. El ritmo, la intención, el significado, incluso la verdad del cuento. Porque el niño no solo escucha: evalúa. Detecta desviaciones con una precisión que desarma. Si te saltas una frase, una página, si cambias una palabra, si decides acortar porque el sueño aprieta… lo saben. No porque comparen con el texto, sino con el propio cuento que ya está dentro. No lo recuerdan: lo habitan.
Hace unos días me ha empezado a pedir libros nuevos. No por curiosidad exactamente, sino por una especie de responsabilidad emocional un tanto particular que tengo más y estarán tristes si no los leemos. Y en esos libros nuevos ocurre algo que no pasa con los conocidos: aparece el silencio. Un silencio lleno, activo, casi físico. Escucha con una intensidad que impresiona, como si cada palabra tuviera que encontrar su sitio exacto dentro de ella antes de permitir la siguiente. A ratos parece que se le detiene la respiración. Hay más preguntas, se requiere más aclaraciones, se está formando un cuento y colocándose por dentro de un ser minúsculo con ya una inmensa biblioteca interna. Me la imagino archivando. Literalmente. Como si en su cabeza hubiera un sistema de clasificación antiguo: tarjetita, cajoncito, manilla de metal, cuento dentro, cerrar. Y otro. Y otro más. Una biblioteca que crece sin orden aparente pero con una lógica impecable. Todo queda guardado, disponible, listo para ser recuperado en el momento más inesperado.
En cambio, en las noches de más cansancio volvemos a los de siempre. Los conocidos. Los que ya no leo. Porque en realidad ya no los leo: los recito. Están instalados en algún lugar entre la memoria y la boca, oscilando en el paladar. Hay uno, en concreto, de versos infantiles, con rimas irregulares y una lógica que se deshace si la miras demasiado de cerca. Muy lógico, en realidad, tratándose de una voz que pretende ser la de un niño. Empiezo una estrofa y ella la termina. Otra, la termina. Y otra. No entiende la mitad de las palabras que está diciendo, pero las pronuncia con una seguridad sonora absoluta. Como si el sentido no fuera necesario para completar el acto. Como si cerrar el ritmo fuera suficiente. Y no hay preguntas, porque el libro ya se conoce, ya está dentro con todo preguntado y respondido. Incluidas las palabras imposibles, que se han descartado por falta del uso – ya me la sabré cuando seré mayor.
En paralelo, pienso en todas esas palabras que yo misma no sabría pronunciar, aunque me resulten muy conocidas de haberlas leído más de la cuenta. Apellidos, gentilicios, términos técnicos, títulos de canciones, palabros inventados. Están en mí, sí, pero solo en formato visual. Las reconozco, las comprendo incluso, pero no sabría decirlas en voz alta sin dudar, sin tropezar, sin exponer esa fisura entre lo leído y lo dicho. Puerperio fue la palabra que me llevó a pensar en ello. No tiene relación directa con los contenidos anteriores de por aquí, sino que surgió en una conversación completamente ajena, en otro espacio-tiempo, pronto por la mañana, en contexto de libros sin libros presentes. La había leído antes de escucharla. La había entendido antes de nombrarla. Había vivido dentro del concepto el tiempo que correspondía, sin necesidad de llamarlo por su nombre. Sustituyéndolo, quizá, por acciones. Por lo que realmente importaba en ese momento. Como si el lenguaje, en ciertos contextos, pudiera quedarse en segundo plano – no todo tiene que llamarse por un nombre para que exista, aunque sufrimos mucho en no poder nombrar, comunicar verbalmente o percibir a través de la lectura. Aún en silencio, no se puede leer nada que no estuviera escrito.
Leer en silencio (para dentro, dice mi abuela) es, probablemente, el último paso de un proceso mucho más largo. Uno que empieza necesariamente por el oído. Primero alguien te presta la voz. Después la repites. Luego empiezas a reconocer patrones, palabras, estructuras. Y, finalmente, puedes callarte… y seguir leyendo.