La despedida

Habían terminado una comida larga y compuesta, de esas que empiezan con un aperitivo de pie en la barra, entre amigos viejos por viejos y por antiguos, y que acaban en un reservado del comedor, en mesa bien puesta, con mantel bordado y flores siemprevivas metidas con resignación en un vaso de cuajada. Allí dentro el tiempo no corría: se deslizaba, que es peor porque uno no se da ni cuenta.

Al principio hablaban de ayer como si hubiera sido hace un siglo, y en el siguiente giro de conversación rescataban cosas de hace veinte años como si hubieran pasado esa misma mañana antes del café. Saltaban de un episodio a otro con una naturalidad sospechosa, ramificando historias sin necesidad de GPS ni hilo conductor. No eran cotillas, Dios nos libre, eso no lo admitirían jamás; pero uno oye cosas, uno vive en el mundo, y a veces incluso se acuerda de ellas en la sobremesa, que es cuando todo se vuelve más peligroso y más divertido.

Cestito de pan que nunca falta, croquetas que desaparecen como si tuvieran contrato fijo en otro sitio, gambitas con esa dignidad humilde de plato que no quiere molestar, alcachofas que fingen ser sanas, pescado del día que podría ser del día o de la semana, chuleta de siempre —sin patatas, con pimientos— y esa lechuga decorativa que nadie toca pero todos respetan como si fuera patrimonio nacional.

El vino fue entrando sin pedir permiso: un tinto, otro tinto, luego uno más “ligero”, y ese milhierbas que siempre llega tarde y siempre dice la verdad. Caliente, espeso, casi filosófico. Les encendió algo que todavía quedaba: la necesidad —o la imprudencia— de cantar. Primero bajito, como quien busca una letra en un cajón mental que no abre desde 1987. Luego ya sin vergüenza. Y al final para todo el comedor, que total, no quedaba nadie salvo las personas de servicio, apoyadas en las escobas con cara de “por favor, terminad ya”.

Sin postre, sin café: la edad marca sus límites con precisión de notario. Nadie iba a compensarlo luego con caminatas de redención tipo tres playas seguidas o subir andando al barrio de arriba “para bajar la comida”.

La cuenta, como siempre, no se reparte: se turna. Y hoy le tocaba a Don Txomin, profesor de filosofía en su horario laboral y filósofo a jornada completa el resto del tiempo. Nacido Domingo Jesús Peñafiel Milagros, había acabado firmando como Txomin Harkaitzaga, versión euskaldun, libre y ligeramente desafiante de su nombre original.

Mientras esperaban la cuenta —sin prisa, porque allí la prisa era un concepto teórico— pasó otra hora. Sumada a las tres de comida, a la del canto y a la de las historias, ya iban cinco sin que nadie pudiera decir cuándo habían empezado. El tiempo, cuando están juntos, no avanza: se retuerce, vuelve atrás, se desdice.

Cuando por fin pagaron —con la discusión habitual, porque incluso pagar requiere negociación— se levantaron con la solemnidad de quien abandona un templo. Avanzaron hacia la puerta diciendo un “agur” que sonaba definitivo. Pero al cruzar el umbral, alguien soltó un “por cierto…” y el grupo se quedó clavado.

Y ahí siguieron, en la puerta, ocupando la entrada como si fuera suya por costumbre, apoyados en una mesita que los camareros habían dejado allí por prudencia: hay cosas que es mejor no mover dos veces. El partido del domingo, la hija del primo segundo en Bruselas, el médico ha dicho, ayer escuché en la radio que… Las historias se repetían con variaciones mínimas. Pasaba gente, saludaban, alguno se quedaba cinco minutos que se alargaban sin permiso. La puerta era ya una frontera entre el mundo que cerraba y el que no acababa de irse.

Dentro se oía la cocina cerrar turno: el golpe seco del lavavajillas, las copas ordenándose, el carrito contra la pared. Las personas de servicio salían murmurando un “hasta luego” que significaba “por fin”. El restaurante se apagaba por dentro mientras ellos seguían fuera, como si el horario fuera una sugerencia decorativa. Las luces bajaban, el servicio terminaba, el mundo se recolocaba sin ellos. Pero ellos seguían. En el mismo sitio. Encadenando frases sin final. “Bueno, ahora sí, agur.” Y de inmediato: “Espera, que no te conté…”

Tras dos o tres tiempos de duración indefinida —de los que no caben en ningún reloj—, la persiana volvió a levantarse: otra vez el acero, otra vez las luces, otra vez el movimiento exacto de siempre, como si nada hubiera pasado. Seguían en la mesita, sin moverse. Como si cambiar de sitio fuera ya una despedida demasiado radical.

Hasta que uno, ya de noche cerrada, miró el reloj con auténtico desconcierto, como quien descubre un fraude cósmico, y dijo, sin ironía y con toda la ironía del mundo: 

—¿Entramos a tomar algo?