Luna había aprendido, como aprenden casi todas las personas adultas sin darse cuenta, a desplazarse por la ciudad sin mirarla realmente, atravesando calles, oficinas y supermercados con la misma atención distraída con la que uno pasa el dedo por una pantalla infinita. Se levantaba temprano, preparaba el desayuno medio dormida, revisaba el teléfono antes incluso de recordar qué día era, despertaba a Amaya con una combinación ensayada de caricias y promesas —“cinco minutos más”, “después jugamos”, “sí, hoy sí”— y salía hacia el trabajo con la sensación persistente de estar cumpliendo una lista invisible que alguien había escrito por ella hacía tiempo, como si su vida avanzara obedeciendo un guion práctico y eficiente, pero poco discutido.
En el autobús observaba a la gente con una curiosidad cansada: todos parecían muy ocupados en llegar a alguna parte, aunque nadie tuviera demasiado claro para qué. A veces pensaba que la ciudad funcionaba como una enorme cinta transportadora, diseñada para mover cuerpos sin necesidad de que pensaran demasiado en el trayecto. Amaya, afortunadamente, todavía no había subido a esa cinta.
Con tres años, su principal ocupación consistía en interrogar al mundo sin descanso, como si sospechara que todo ocultaba un secreto importante. Preguntaba por qué las hojas se caían solo en otoño, por qué los perros no usaban zapatos, por qué el cielo cambiaba de color sin avisar. Luna intentaba responder con paciencia, aunque muchas veces se limitaba a improvisar explicaciones dudosas que incluían palabras como “magia”, “naturaleza” o “porque sí”, confiando en que el tiempo se encargaría de corregirlas.
Una noche, mientras se lavaban los dientes frente al espejo empañado, Amaya levantó la vista a través de la espuma.
—Mamá, mañana quiero ser nube.
Luna sonrió sin pensar, como si se tratara de una frase bonita y no de una solicitud concreta. Sin embargo, cuando Amaya se durmió, no se fue a la cama. Encendió la lámpara del comedor, abrió la caja donde guardaba retazos y comenzó a coser sin tener muy claro qué estaba haciendo. Buscó una sudadera blanca, restos de algodón, una funda de almohada olvidada y varios trozos de tela que alguna vez habían sido otra cosa. Coser le llevó el doble de tiempo previsto, cometió errores evidentes y estuvo varias veces a punto de rendirse y comprar un disfraz inflable por internet, como haría cualquier persona razonable, pero persistió con una mezcla de orgullo y obstinación que la sorprendió incluso a ella.
El resultado fue una nube irregular, demasiado grande por un lado, demasiado plana por el otro, con una forma que solo podía interpretarse como meteorológica si uno decidía cooperar. Amaya se la puso sin dudar y empezó a moverse con una lentitud nueva, deteniéndose en medio del pasillo, “lloviendo” con los dedos, apoyándose contra los muebles como si estuviera a punto de deshacerse. Luna la observó desde el sofá con una mezcla de asombro y una leve inquietud, comprendiendo que su hija no estaba fingiendo: estaba probando otra manera de ocupar el espacio.
Días después, sin anuncio ni transición, Amaya dijo:
—Ahora quiero ser piedra.
Luna tardó en reaccionar. Una piedra no flotaba, no era blanda, no resultaba simpática en fotografías. Aun así, volvió a sentarse frente a la mesa, buscando telas grises, relleno más firme, costuras que soportaran peso. Descubrió que una piedra no podía ser ligera ni decorativa; tenía que insinuar gravedad, permanencia. Cuando Amaya se puso el traje, no corrió ni hizo sonidos. Se sentó en el suelo y permaneció quieta durante largos minutos.
—Estoy aquí —dijo con serenidad.
La frase no tenía énfasis, pero ocupó la habitación entera. Luna pensó, sin decirlo, que llevaba años moviéndose de un lugar a otro sin sentir exactamente eso.
A partir de entonces, el tiempo empezó a dividirse de una manera distinta. Las noches ya no terminaban cuando guardaba la aguja, sino cuando cerraba el portátil. Si no estaba cosiendo, estaba mirando imágenes: deslizaba el dedo por galerías interminables, ampliaba detalles de disfraces ajenos, guardaba ideas en carpetas que nombraba con entusiasmo desproporcionado. Visitaba tiendas en línea, comparaba telas, leía comentarios sobre la resistencia de las costuras, tomaba notas mentales sobre combinaciones de colores y estructuras desmontables. Las páginas se abrían unas dentro de otras como habitaciones sucesivas, y cada referencia llevaba a la siguiente, como si el mundo entero estuviera dedicado a sugerir posibilidades.
También lo hacía en el trabajo, en los intervalos entre correos y reuniones: abría pestañas disimuladamente, consultaba catálogos, preguntaba a una compañera si sabía dónde conseguir fieltro más grueso o cierres que no se rompieran con facilidad, anotaba direcciones en un papel que luego guardaba junto a las facturas. A veces, en medio de una llamada, dibujaba sin darse cuenta una forma en el margen del cuaderno y tardaba unos segundos en recordar de qué se estaba hablando. Sin proponérselo, había convertido cualquier espacio libre en una extensión del taller.
Poco a poco, sin que mediara una decisión consciente, dejó de esperar las peticiones de Amaya y empezó a adelantarse a ellas. Imaginaba disfraces posibles antes de que su hija los mencionara, revisaba telas con anticipación, observaba a otros niños en el parque con trajes comprados, coronas de plástico y capas sintéticas que brillaban bajo el sol, y pensaba que quizá eso era lo que tocaba ahora, lo que correspondía, lo que debía ofrecerse. La idea de lo “normal” y lo “esperable” empezó a filtrarse en sus elecciones sin pedir permiso.
Comenzó a coser con mayor planificación que antes. Hizo una falda amplia de tul reciclado, convencida de que girar sobre sí misma y ver cómo la tela dibuja un círculo era una experiencia necesaria. Preparó una capa roja con cierres resistentes, imaginando carreras heroicas por el pasillo. Incluso diseñó un unicornio con cartón y brillantina, un animal imposible que habría satisfecho cualquier expectativa razonable de fantasía. Cada traje era técnicamente mejor que el anterior, más prolijo, más estable, más presentable.
Amaya agradecía, se probaba los disfraces, caminaba un poco por la casa, aceptaba los comentarios con una sonrisa breve y luego los dejaba doblados sobre una silla, sin conflicto ni entusiasmo. No protestaba, no rechazaba, no pedía cambios. Simplemente regresaba a sus piedras, a sus hojas, a las sombras proyectadas en la pared, como si todo aquello ocurriera en un plano ligeramente distinto del suyo.
Luna, sin embargo, estaba cada vez más implicada. Descubrió que la mesa iluminada por la lámpara le ofrecía una concentración que no encontraba en ningún otro lugar. Medía, recortaba, reforzaba, perfeccionaba detalles que nadie le había pedido. El traje terminado no era un punto de llegada sino el inicio del siguiente, y la acumulación de formas y materiales empezó a ocupar el comedor como una presencia constante.
Una noche, mientras recogía del suelo una capa casi nueva que apenas había sido usada, se quedó un momento quieta en medio del cuarto, rodeada de telas, hilos y estructuras a medio terminar, con la sensación extraña de haber trabajado mucho sin estar segura de para qué. Miró hacia el dormitorio de Amaya, donde la niña ordenaba pequeñas piedras junto a la cama con una concentración que no parecía admitir interrupciones, y se dio cuenta de que llevaba semanas sin preguntarle nada.
Se sentó a su lado sin hablar durante un rato. Esperó a que terminara. Cuando Amaya alineó la última piedra y levantó la vista, Luna habló por fin, sin prepararlo demasiado, sin adornarlo.
—¿Qué quieres ser mañana?
Amaya no respondió enseguida. Pensó unos segundos, con la calma de quien no necesita improvisar.
—Quiero ser un árbol.