Horario guardería / 23

Me he empadronado en una casa en la que nunca iba a vivir. Ha sido un trámite, un gesto administrativo para que no conste como vacía, como si el vacío pudiera resolverse con un nombre inscrito en un registro oficial, como si bastara una presencia escrita para sustituir la ausencia real de un cuerpo que habita y deja huella. He tenido que ocupar, en los papeles, el lugar de alguien que ya no está.

Se necesitaba un habitante para la casa, aunque fuera ficticio, alguien que justificara su existencia dentro del sistema y evitara ese limbo donde las casas dejan de ser hogar para convertirse en problema. Yo, que hace años que no vivo en mi país y que ya no pertenezco del todo a ese mapa, he sido el nombre más fácil de colocar. No importaba dónde dejar esa huella. O eso creía.

Hay cosas que solo empiezan a existir cuando se van. Es entonces cuando uno comienza a echarlas de menos, cuando el recuerdo toma forma y se vuelve más nítido que la propia presencia. Con mi nombre asignado como el primer gesto de una despedida, empiezo a pensar la casa de otra manera, y en ese pensamiento la casa empieza a parecerse más a un recuerdo que a un lugar.

Una casa nunca es solo una dirección ni un espacio delimitado por paredes y ventanas, sino también una acumulación de vidas que se han ido depositando en ella, a veces sin orden ni permiso. En esa casa creció mi padre, y en esos suelos quedó la forma de sus pasos, la manera en que se movía por las habitaciones, lo que fue o lo que pudo ser, aunque ya nadie pueda reconocerlo. En esa casa mi abuela sostuvo un matrimonio que no era un hogar, sino otra forma de convivencia que no se elegía cada día, sino que simplemente se continuaba, y hay vidas que no se viven sino que se soportan, y las paredes lo saben, lo absorben y lo repiten. En esa casa murió mi abuelo, y la muerte no se lo lleva todo, porque deja una densidad distinta en el aire, una forma de presencia que no desaparece cuando se retiran los objetos ni cuando se abren las ventanas. Mundos después, en esa casa mi hija se manchó de cerezas y se durmió una siesta. Si llega a recordar algo de aquella casa, serán los imanes intocables que cubrían las dos neveras. En su propia casa mi abuela se quedó ciega, y ahí empezó también a irse, no de golpe sino poco a poco, como una luz que se apaga sin que nadie se atreva a tocar el interruptor, perdiendo primero la mirada, después los gestos, después las palabras, hasta que la casa comenzó a vaciarse antes de quedar deshabitada.

El vacío no depende de los muebles ni de las paredes ni siquiera del número de personas dentro, sino de algo más difícil de nombrar, algo que tiene que ver con la vida en uso. Una casa no está vacía cuando se queda sin cosas, sino cuando deja de ser vivida: cuando nadie la recorre, cuando nadie abre sus puertas ni entra ni invita ni deja entrar, ni siquiera al aire; cuando el suelo deja de crujir bajo pasos reconocibles, cuando ya no hay gestos que la mantienen despierta. Una casa se queda vacía cuando en ella ya nadie se despierta.

No llegaré a despedirme de esa casa. La recogerán otros y la vaciarán de objetos, de restos, de capas acumuladas durante años; la desnudarán y aparecerá su cuerpo mudo, desatendido, olvidado, mundos trasarmarios, galaxias debajo del sofá, viaje en el tiempo en los cajones y todo un patrimonio de una vida austera tras la segunda fila de libros, entre los libros, dentro de los libros. El peso más pesado de la casa mi abuela me lo asignó a mí, sabiendo que sabré decidir entre el peso que merece sostenerse y el que debe arder. Cuán poco pesa un libro hecho cenizas.

A la casa desnuda, con sus cicatrices, con su sobrepeso, con sus pelos y lágrimas escondidas entre los zócalos, colgadas del techo como collares de diamantes, como telarañas, le pondrán un precio y la venderán. Taparán las grietas, pintarán las paredes, cambiarán los suelos —ya hace mucho que hace falta— y poco a poco irán borrando cualquier rastro visible de lo anterior. Y tal vez, cuando ya no quede nada de lo que fue, entonces sí, la casa será una casa.