Me asomé por la mirilla a otra posible vida. Una en la que reboso de libertad y carezco de cualquier vínculo, salvo el propio del hecho de existir: viniendo de alguna parte, en vez de ser un esplendor que aparece de la nada. En esa otra vida no tengo propiedad y pierdo una parte de mí por no haberla parido. Y no me siento mal, en absoluto. Me siento en un banco con una libreta nueva, impoluta, con ganas de reescribir. O, mejor dicho, desde esa otra vida sería solo escribir por primera vez, desde el mismo comienzo. Páginas en blanco. Pongo mi nombre en la primera.
A veces me pregunto si esa otra vida me mira también desde su ventana, si me envidia el calor pequeño de unos brazos que me buscan dormidos entre las mantas. En la vida que late con hadas, juguetes y meriendas, dejo que el pensar de la otra me roce solo a ratos, hasta donde no duela. Lo dosifico, lo guardo, pero no lo suelto del todo, como temiendo que, al abrir la mano, se me escapará.
En esa otra vida, la del aire sin ruidos y cuerpos sin herencia ni miedo, me entrego sin medida, desmedida. Me reconozco sin etiquetas superpuestas, impuestas. Solo piel que tropieza con otra piel.
Estoy aquí desde la una mirando las dos, con la vista puesta en aquella mirilla, sabiendo que ambas me pertenecen y ninguna me viene completa. Quizá no haga falta elegir todavía. Quizá, por ahora, solo basta con describir.