Horario guardería / 20

Esta noche, la que orbita mis almohadas, tuvo un sueño un poco malo y a las 3:47 ya no podía aguantar. Me vino a buscar al ala este de la cama, ya que se había ido al otro extremo sin avisar, sin toquecitos con los talones en mi espalda, sin dormirse encima mío, literalmente, en la cara. Tal vez por allí viven los sueños un poco malos, en los puntos extremos del mismo mueble compartido. Me vino a buscar y pidió solución. Primero quería bajar a la sala de socorros por los moratones que le dolían al tocar. Cuando normalicé tal dolor, quería ver la luna, la miramos, no la encontramos, no nos saludó esta noche. Tras varias propuestas improbables y alguna a la que casi accedí, como la de bajar a la calle y escuchar a los pájaros despertar, quedamos en compromiso – un cuento. Sin salir de la cama, sin poner la luz, sin romper del todo el hecho de que es de noche y faltan unas horas para diurnar. Le conté un cuento, largo y tendido, con la voz más suave, más pausada que me pude sacar, con tal intención de que se volviese casi musical y del todo adormecedor. Terminó el cuento con su final feliz, arcoíris y amigos para siempre, y se quedó con ojos abiertos mirando el techo, como si lo hubiera visto allí, en dibujos, con los créditos finales pasando mientras suena el tema del cierre. Saltó los agradecimientos y me pidió otro cuento, que esta vez se lo iba a contar a mí. No para enseñarme cómo se cuenta un cuento de verdad (que eso es pensamiento más de las seis de la tarde), sino un cuento que le toca por su turno de aportar su parte de magia a esta noche interrumpida por un malsoñar. Adelante, que suelen ser cortos y una variación muy ligera del cuento recién escuchado, un resumen, quedándose con lo mejor. Empezó con érase una vez un unicornio saltarín… y no llegó a más. Con los ojos cerrados se fue galopando por los prados del nuevo sueño. Conté en mi espalda los pasos de tal caballo unicorne con su jinete triunfador.