Volver

La pasarela de embarque tiembla ligeramente bajo los pasos. Esa vibración mínima que convierte la fila humana en algo casi orgánico: una hilera de cuerpos que avanza sin avanzar, respirando el mismo aire reciclado, mirando de reojo las mochilas ajenas. Paredes con espejismos que devuelven las caras cansadas. Siempre me ha parecido un umbral extraño, ese tubo estrecho que no es todavía el viaje ni tampoco la despedida. Aquí empieza algo.

Entro al avión con ganas de salir y quedarme ocupando el mismo asiento. El cielo está completamente negro. No es todavía noche cerrada, es un negro previo, un fondo sin contornos, como si el día se hubiera retirado con ese mismo soplo de viento que ahora golpea por fuera y resuena por dentro, contra las paredes de chapa y las otras membranas que nos envuelven. Desde la ventanilla se ve un ala temblando. No hemos dado ni paso y, aun así, el avión se balancea como un tractor atravesando un campo revuelto. Una racha fuerte empuja el fuselaje, lo sacude sin pedir permiso, lo desplaza unos centímetros sobre sí mismo. Lo suficiente como para pensar que quizá hoy no salimos, que quizá nos quedamos aquí, suspendidos..

El avión empieza a moverse muy despacio por la pista. No avanza: se arrastra. Yo tengo la misma sensación. Sigo en tierra. Sigo inmóvil, aunque ya esté técnicamente viajando. Rodamos sin despegar, nos detenemos, volvemos a rodar, giramos, nos alineamos. El motor sube de intensidad y la pista negra se abre delante, larga y sin matices.

La carrera empieza primero contenida y después demasiado rápida. El cuerpo se pega al asiento, el ruido ocupa todo el espacio. Hay un vacío seco, una pérdida de apoyo, un descenso mínimo pero evidente. El estómago se desplaza. Alguien grita. Otro se ríe a todo pulmón, una risa exagerada que intenta solapar el grito. Se oyen manos buscando en el bolsillo delantero del asiento, el roce urgente del papel (“si sientes más que mariposas…“). Alguien dice ya está, ya está, aunque no está. El avión vuelve a caer apenas un instante más y ese segundo se alarga lo suficiente como para que todo el mundo entienda que no controlamos nada.

No grito. No me agarro a nada. Tampoco las cosas parecen querer agarrarse a mí. Estoy ahí, con el cuerpo suspendido y la cabeza en silencio. Esto es lo que hay cuando decides moverte: el suelo puede desaparecer. El movimiento incluye riesgo. Siempre.

El cielo llega sin ceremonia. El ruido se regulariza, los gritos se convierten en suspiros, alguien aplaude, alguien abre un libro o ilumina su dispositivo. Todo vuelve a parecer normal con una rapidez casi ofensiva. Me sorprende la facilidad con la que el miedo se archiva cuando el desenlace es favorable.

Pasillos impersonales, puertas automáticas, flechas, pantallas. Entre salidas y trasbordos avanzo sin pensar demasiado, funcionando por inercia, como si el cuerpo supiera volver aunque la cabeza siga en otra parte. El autobús nocturno ya está allí, quieto y encendido. Subo, me siento, me acomodo y me fundo con el asiento. La carretera de noche no es un paisaje. Solo muestra fragmentos iluminados por segundos, señales que no son para mí, salidas que podrían haber sido. Me fijo en las rayas blancas pintadas en el asfalto y en cómo aparecen de la nada y desaparecen bajo el autobús, marcando una dirección que nadie cuestiona. Me dejo guiar por ellas, estoy trazando…

un territorio imaginado con precisión, recorrido como quien prueba una casa que todavía no existe.