Horario guardería / 19

Al despertarme esta mañana quería desaparecer. Esconderme en la manta y fingir que no estoy, fingirlo tan bien que se vuelva realidad. Un lunes festivo. O eso digo. Un lunes disfrazado de domingo, escondido en la manta que pretendía ocupar. Intento meterme en la funda de la almohada, pero resulta claustrofóbica la salida de un solo lado, con su solapa de desviacaminos. Pruebo debajo de la sábana bajera, pero es tan baja y de perfecta medida que no cabe ni cuerpo ni aire.

Me quedo allí, atrapada en esa franja horaria sin nombre donde todavía no soy persona funcional pero ya no puedo fingir que sigo dormida. La casa está en modo ahorro de energía, como si hubiera decidido rendir solo lo imprescindible. La luz entra con timidez, sin entusiasmo, como pidiendo permiso. La miro con sospecha. No confío en nadie que entre tan pronto un lunes, aunque se suponga festivo.

Empiezo a entender que desaparecer es una fantasía poco realista, porque nadie se borra sin consecuencias, sin explicaciones, sin provocar al menos una pequeña alarma en forma de mensajes pendientes o silencios incómodos. Incluso cuando una quiere ausentarse un rato, necesita una razón presentable, algo más sólido que el simple cansancio de existir. Por eso agradezco tener hoy una coartada: un festivo escolar compartido, aprobado por una institución respetable, anotado en un calendario oficial, no universal pero tampoco inventado. Una tregua colectiva limitada que permite funcionar en modo reducido sin sentirse completamente fuera de juego.

Mientras tanto, el resto del mundo sigue con su admirable normalidad. La gente va a trabajar, abre persianas, responde correos, encadena reuniones. Yo observo todo desde una posición ligeramente desplazada, no exactamente fuera, pero tampoco dentro, como si mirara la semana desde una ventana lateral, con una mezcla de alivio, gratitud y una culpa suave que acompaña a cualquier privilegio temporal.

Además, es carnaval, o acaba de serlo, o sigue siéndolo en forma de restos. Los disfraces de ayer permanecen apoyados en una silla, medio doblados, medio vivos, con purpurina incrustada en lugares imposibles, y mi ropa de calle parece mantener con ellos una conversación silenciosa, como si ninguna prenda estuviera preparada para volver tan rápido a la vida adulta. ¿En qué momento se decidió que ya estaba bien de fantasías?

Participo discretamente en esa resistencia blanda, sin pancartas ni discursos, solo con café que se enfría, respuestas que se retrasan unos minutos, tareas que se hacen sin épica y una eficiencia mínima, suficiente para demostrar que sigo siendo responsable, aunque hoy no tenga ninguna intención de batir récords ni de destacar en nada. Me aplico en lo pequeño, en lo aparentemente irrelevante, como si el detalle pudiera compensar la falta de ambición del día.

Paso una hora rascando pegatinas de la mesa que ya forman parte de ella, capas de colores desvaídos integradas en la superficie con una fidelidad casi biológica. Mientras intento despegarlas tengo la sensación incómoda de estar arrancando piel, convencida de que lo hago por el bien del mueble, de que estoy arreglando algo. Rasco con paciencia, con una dedicación casi científica, como si esta minuciosidad doméstica tuviera algún valor moral, como si una mesa más limpia justificara un día de la nada. 

La niña aparece y desaparece a mi alrededor con la naturalidad de quien sabe que hoy el tiempo le pertenece un poco más que otros lunes. La observo con esa mezcla de responsabilidad y alivio que da compartir una excusa colectiva, un festivo limitado que suspende la normalidad lo justo para habitar el día con otra textura.

Al final, no he desaparecido, solo me he escondido con educación y con un cuchillo en la mano, fingiendo muy bien que no estoy, mientras cumplo, discretamente, con el mínimo indispensable para que nadie venga a buscarme.