Mi unicornio dice… así se coronan las frases que más escucho estas últimas semanas. Me sale hablar de emociones viviendo con una niña de escasos años cuyo líder de opinión no es su madre, sino un unicornio de propia cosecha, imaginado, luego existente. El unicornio lo sabe todo: si hace frío, si el yogur sabe bien, si hoy hay cole, qué vestido es mejor para deslizar por el tobogán.
Yo, en cambio, parezco un personaje secundario en la ficción doméstica. Retomo el protagonismo en los momentos que orbitan el sueño: un rato antes, para leer un libro (ese unicornio como que no sabe leer, ni tampoco lavar los dientes), y otro al despertar: sacar de la cama un saco de carne blanca y ponerle los huesos, hincharle los bíceps, tríceps, cuadríceps, espalda y abdominales, abrir los ojos, ajustar la respiración, poner un beat al pequeño corazón. Eso el unicornio no sabea hacer. Se le perdona.
A veces intento razonar con él, con el unicornio. Le hablo en voz alta, por si tiene oídos que atraviesan el aire. Le digo: oye, unicornio, si vas a dar consejos a mi hija, que al menos sean razonables. Si tienes dudas, me preguntas, ¿vale?, que yo sí sé. Pero no responde. Solo llega su influencia, muda y brillante: mi hija decide en su nombre. Y yo cedo, porque ya aprendí que elegir las batallas es más sabio que ganarlas. Y ni siquiera es una batalla.
Creo que ese unicornio representa una parte de mí que aún no entiende del todo la maternidad: la parte mágica, irracional y contradictoria. La que pasa del llanto al baile en segundos, la que se conmueve con un calcetín desparejado o una hoja seca. Las hormonas dirigen la función sin pedir permiso. A veces cambian mi tono, otras mi pensamiento. Mi voz ya no suena como antes: está más baja, más profunda, más mía. Como si el cuerpo también hablara, recordándome que soy humana, animal, madre; una mezcla difícil de traducir en conversación.
Entre canciones improvisadas, cenas frías y carreras hasta la ducha, intento reconocer quién soy ahora con restos de la que fui. Las emociones se me acumulan en la piel: ternura, paciencia, asombro, culpa también, un orgullo leve por saber hacer tantas cosas a la vez sin desencajar, sin desenchufarme de todo y dejar los cables al aire. Hay días en que ser madre se parece a dirigir una orquesta sin partitura ni instrumentos. Otros, a abrir un cajón y no recordar qué estaba buscando.
A veces pienso que el unicornio también es mujer y trabaja gratis. Da consejos, consuela, ordena el mundo de mi hija. Quizá por eso no le guardo rencor: somos colegas. Él, inventor de fantasías; yo, productora de realidades emocionalmente sostenibles. Ocupamos un lugar que pocos entienden, pero que sostiene lo invisible. Empiezo a notar que discutir con el unicornio no es tan distinto de discutir con el mundo. Al final, también fuera de casa todo el mundo opina, interpreta, decide y dice por ti.
Hay mucho que decir sobre el mundo siendo madre de una niña y siendo una mujer en una sociedad donde las mujeres dicen que los hombres no las ven y los hombres dicen que las ven… de otra manera. No me gusta generalizar: prefiero ir al detalle, acercarme a cada persona y preguntar: ¿y tú qué dices? A esa pregunta directa casi siempre se responde con silencio o con una nada disfrazada de no sé o depende. Yo también las uso. Muchas veces no sé qué decir, porque antes tengo que pensar si lo que quiero decir es lo que el otro quiere que diga. Qué difícil es decir lo que es sin estorbar. Ojalá tuviera un unicornio que a veces hable por mí.
Cuando la niña duerme, la casa cambia de frecuencia. El unicornio se va a descansar, a dictar sueños, a comer el yogur… yo qué sé, que ni nos han presentado.