Horario guardería / 16

Me he despertado con un plan. Inquieta y cansada por partes iguales después de haber pasado toda la noche en construcción. Como rara vez antes de acostarme veo películas, y los seres de cuentos de hadas se han hartado de tanta visita (casi nunca vienen los de mis libros, quizás se guardan para cuando termine del todo), mi cabeza hace un salto triple pasando las camas, cepillos de dientes, pijamas, cenas, paseos, parques, y se ancla en el segmento del día que da nombre al volumen que recoge estas palabras. Sí, también podría llamarlo trabajo, aunque, siendo sincera, allí hay un muesli sin cocos bien polivalente. Se ancla allí entonces mi cabeza (la imaginamos como un ser pequeño, no necesariamente parecido a mí, en un pijama completo) y saca las piezas para montar la torre del sueño. Entre la ida y el traslado consigo descansar.

Cuando me despierto inquieta, tengo que descargar. Por el bien de las personas que sí saben aprovechar al máximo su tiempo de reposo, procuro salir o entrar, directa y metafóricamente hablando. Salgo a correr antes de la madrugada (maravilloso, casi siempre condicionado por un poder superior llamado pereza), o entro bien profundo, rodeando la torre mental, y me pongo a escribir (no necesariamente lo que estás leyendo ahora). Hoy he necesitado las dos cosas, bien porque la inquietud me lo pedía, bien porque me he despertado demasiado pronto, y si paso más de una hora corriendo a luz de luna nublada, ya no hay grúa que me levante. No pasaría lo mismo con la escritura, de hecho (entra ese hecho, por todos sabido, de la relatividad del tiempo), si encuentro el hilo del que tirar, se me va volando como una cometa de papel seda con las tiras arcoíris incluidas; serán las narrativas paralelas o alguna cosa de interés real que menciono y te gustaría que indague, pero no, vuelvo a mi cometa hasta que pare el viento. ¿Ves qué fácil? Son dos párrafos de descarga mental y aún no he dicho nada. Tampoco hace falta, con tal de cumplir la descarga, ya estoy en paz. Ahora sí, que las agujetas me vengan por turnos.

A menos diez suenan las campanas de la iglesia de al lado (técnicamente no está al lado, pero al ser la más cercana, creo que ese es el término que se suele emplear) y me marca el parón, ese lapsus de rutina y realidad. Dura al menos una hora, y luego me pongo delante de una roca de promesas y empiezo a quebrarla en formas multiedras de las que mi yo del pijama completo montará la torre hoy. Me gustaría que tuviera una veleta al final.