Esta mañana he venido a trabajar a una cafetería. Una de las pocas en las que me siento confiada para subir un portátil a la mesa y pasar al menos un par de horas con una taza de café. Entiendo que no soy el modelo de clienta que una cafetería ansía tener: ante una autónoma indispuesta a trabajar en un coworking o desde casa (estamos a 29 de diciembre, en pleno cénit de las vacaciones escolares), probablemente prefieran a una familia con niños chillones que piden más tostadas, bizcochos y colacaos de los que luego consumen. Pero eso ya no importa: lo pagado, pagado está.
O quizá me equivoque y las personas que esta mañana me atienden prefieran justo a alguien como yo, que no da demasiado trabajo y ocupa una silla y una mesa durante un tiempo prolongado sin necesidad de que vengan a limpiar o reponer nada. Me permito estar aquí pensando que tal vez llego a consolidarme con ellos, las personas que también vienen a trabajar a una cafetería un 29 de diciembre. Vienen a trabajar para que yo pueda venir a trabajar. Los entiendo. He estado en su lugar, literalmente. Hace un par de años cubrí unas vacaciones de Navidad en esta misma cafetería. Aquella temporada navideña se alargó hasta bien entrado el verano siguiente, pero esa ya es otra historia.
Mientras espero a que me atiendan, repaso con la vista la vitrina de la oferta comestible: los mismos bizcochos, las mismas galletas, los mismos bocatas de rúcula, queso y tomate seco, en el mismo pan de barra que te rompe las encías si muerdes con ansia la parte por donde se ha desgarrado. Encontrarme con esos manjares tan conocidos —recuerdo sacar los tomates secos de un bote aceitoso de tres litros—, de algún modo me da la seguridad de lo de siempre y, a la vez, una tristeza por el anclaje. Sobre todo porque esos bocatas hubo que retirarlos tras la primera queja de un cliente con las encías sangrantes.
Y luego están las tostadas: una propuesta ampliada respecto a la de mis tiempos. La de tomate, la de aguacate, la de aguacate con jamón, la de aguacate con salmón, la de aguacate con tomate. Mucho aguacate, pienso. Mucha señal verde para saber que aquí sí puedes venir a trabajar con un portátil bajo el brazo, sin esconderlo, incluso con cascos puestos hasta que la pantalla pida conversación.
Comí mi primer aguacate con 23 años, cuando vivía sola y, gracias al trabajo constante, una beca universitaria y una falta aguda de vida social, tenía más ingresos que gastos y me lo podía permitir. Incluso podía permitirme comprar un aguacate, probarlo y, con una mueca de asco, tirarlo a la basura sin que la conciencia me lo impidiera. Igual que no me lo impide no comer una rebanada de pan que ha empezado a lanzar unos acianos peludos alrededor de la supuesta semilla de girasol. Era vegana entonces y aquel aguacate me había prometido un sustento necesario de grasas saludables. Pero tuve que descartarlo, igual que meses antes había descartado la panacea del tofu, y reencaminar mi ingesta de omega 3 hacia el mundo de los frutos secos.
¿Por qué no me gustó? Primero de todo, porque nadie me había explicado cómo se come un aguacate o, más básico aún, cómo tiene que ser un aguacate para que se considere comestible. En aquel entonces poca gente de mi entorno lo sabía y aún menos se atrevía a compartirlo. A eso se le sumaba la situación geográfica —Letonia—, que no es precisamente la zona más propicia para la maduración adecuada de un aguacate. O los encontrabas duros como una piedra y con sabor a avellana cruda, o pasados de madurez, convertidos en una manteca diluida sostenida por unos hilos negros de fibra.
Confío en que la cafetería donde he venido a trabajar esta mañana esté, kilométricamente hablando, más cerca del hábitat natural del aguacate. No he visto árboles aguacateros en los montes cercanos, pero España es un país grande y, total, Chile es casi lo mismo.
Pasan dos horas. Mi taza de café ya está reseca; mi galleta de almendras, asentada en los bajos del estómago. La productividad en este tipo de establecimientos es relativa: en casa, mientras espero respuestas a correos o la hora de una posible videollamada, puedo avanzar con la colada, la limpieza o alguna miniserie. En una cafetería, en cambio, me ha dado tiempo a escribir este texto: una dedicatoria a la gente que, a tres días de terminar el año, va buscando menús de aguacate para sentarse a trabajar.
¡Felices fiestas!, queridos autónomos, y a las queridas autónomas, ¡mucho aguacate!