¿Estás feliz?

¿Estás feliz? —últimamente me pregunta mi hija en esa fase minúscula entre la post-crisis y la pre-normalidad, con las lágrimas aún cayendo y el aliento entrecortado, pero ya con una sonrisa que exige la aprobación de que todo está bien y aquí no ha pasado nada.

Realmente solo hay una respuesta posible, y realmente coincide con la verdad. No es una chuche con la que solapar el cruce entre la ansiedad infantil y la pereza adulta por explorar otras vías de resolución del conflicto, sino una afirmación de la felicidad por haber presenciado una recomposición emocional en una persona que recién empieza a darse cuenta de que, más allá del quiero-no quiero, existe una relación entre el sentimiento, la palabra y la acción.

Y estoy feliz, siempre, cuando —por duro que haya sido la crisis— ella misma consigue encontrar ese camino de salida. Primero sale una sonrisa, luego necesita que yo esté feliz, y después el mundo sigue girando.