Horario guardería / 14

El día en que, con 21 grados de máxima, dudé si ya era momento de pasar de calcetines a medias para que mi hija pudiera seguir llevando sus vestidos irrenunciables —salvo si es por el día de “saltogela” o para ponerse un disfraz—, me paré a pensar en lo fácil que es criar a un niño en donde estamos: en el norte del sur. Que si llueve mucho, que si hace “aire” (?), que si el parque está mojado, que si está lleno de hojas (!!). Y yo sonrío, porque —con todo mi cariño— no saben de lo que hablan.

A partir del segundo mes de colegio, miro las fotos de mis sobrinas encapsuladas para realizar cualquier actividad exterior y me reafirmo: lo de las medias es un chiste. La molestia verdadera persigue en el país donde pasé mis años de gusano, donde “fresco” quiere decir que, si respiras hondo, se te congelan los pelillos de la nariz. Criar en el norte… sí, pero hay nortes y nortes.

Recuerdo las mañanas antes de salir a la calle para ir a la guardería (en Letonia corresponde a la parte de vida humana de 2 a 6 años). Entonces éramos solo dos: mi hermano y yo. Dos niños de casi la misma edad, un pasillo estrecho y una batalla de guantes, gorros y bufandas. Nada de buzos impermeables con borreguillo de lana merino: todo era la magia de capas. Capas, capas y más capas. Mientras mi hermano ya estaba empacado como un repollo y sudando en la puerta, yo esperaba mi turno para ser envuelta hasta perder toda forma humana. Y justo cuando los dos repollos estábamos listos para salir y faltaba un minuto para empezar a llegar tarde, un “quiero hacer pis” podía saltar el fusible de mi madre a las ocho de la mañana. Aprendimos rápido lo de ir al baño antes de salir, por el bienestar propio y por compasión con nuestra madre, que entonces aún esperaba un tercer repollo por envolver.

Cuando ya llegábamos a la edad del colegio y por fin nos encaminamos en el mismo arroyo con ¨niños mayores¨que parecieron adultos pero recien cumplian 12 y que años atrás habíamos atravesado en dirección opuesta, el estado de gusano se había quedado atrás, pero no la magia de capas. Para empezar, ir al cole en invierno era como levantarse a medianoche: sin luz, sin calefacción aún. Yo me vestía debajo del edredón, sin asomar ni un dedo al aire, para no congelarme antes de empezar el día. Medias debajo del pantalón sigue siendo mi pesadilla más profunda, y solo recientemente he recuperado el gustito por meter la camiseta dentro del pantalón para que no entre ni pizca de aire frío a tocar mis lumbares. Y la bolsita de plástico para llevar los zapatos de cambio, porque claro, llegabas hasta la pantorrilla de aguanieve o barro posterior, con punteras de las botas carcomidas por la mezcla de sal y arena que echaban en la calle para deshacer el hielo. Y con el hielo se deshacían también los zapatos y el sueldo mensual de dos padres de familia numerosa. Ojo a la bolsa de plástico: tanto para los zapatos de cambio como para los días de deporte, cuando llevaba allí mi chándal improvisado y zapatillas que llamaba deportivas solo porque tenían cuerdas. La de plástico era la molona (se merecen una historia aparte, pero no encaja aquí), mientras los tote bags de tela eran cosa de abuelas y tardarían más de una década en reafirmarse como soporte de publicidad.

Íbamos todos por la misma —única— calle, como una fila de pequeños trenes de vapor resoplando en el aire helado. Las mochilas colgaban pesadas, cargadas de libros de tapa dura —de las de verdad—; los gorros siempre un poco torcidos y las bufandas pegadas a la boca por el vaho que se congelaba en segundos. En lo poco que duraba el camino hacia el colegio alcanzábamos a despertarnos, solo para volver a caer en un sueño profundo durante las primeras clases, ya en el calorcito, a la espera de un amanecer definitivo que a veces ni llegábamos a percibir.

Y al salir del cole ya era de noche, aunque el día resistía en seguir. Tocaba un triple turno en la escuela de música —piano, solfeo, literatura musical—, un plan perfecto para cualquier criatura de ocho años. A la vuelta —oscuro, frío, hambre— solía imaginarme en aquella novela infantil donde un niño se quedó sentado apoyado en un árbol y se congeló hasta la muerte (literatura obligatoria para cualquier escolar letón: es triste, pero no tan tétrica y, sobre todo, habla de amistad 🙂). Tan solo al levantar la vista hacia las farolas de la calle y ver los finitos copos de nieve caer por el rayo de luz, el mundo volvía a ser mágico. Me encogía en mi bufanda para respirar mi propio calor y, con paso acelerado, llegaba a mi bloque de viviendas. La alegría máxima era ver el humo negro saliendo de la chimenea. Eso significaba agua caliente, al menos para mojar los pies.

Los fines de semana volvíamos al estado del repollo por voluntad propia, porque no había mejor placer en el mundo infantil (de cuando la infancia duraba hasta los 18) que tirarte en la nieve, hacer castillos, bajar una pendiente nevada con un trineo o, si era muy empinada o con baches, en una bolsa de plástico (qué universal) llenada con algo de nieve para amortiguar. Al volver a casa, con la nariz roja y los guantes de lana goteando, teníamos prohibido dar un paso más allá del felpudo de la entrada antes de quitar toda, toda la ropa mojada —que a veces incluía también la interior— y meternos directos en la ducha caliente.

Rebobinando un poco, podéis deducir que el placer de mojarse hasta las bragas solo se podía hacer realidad los días del humo negro. Aún más cuando le tocaba a mi padre estar en la sala de hornos (era una especie de deber de comunidad que hacían por turnos todos los vecinos del bloque). Porque mi padre sabía calentar bien, y hacer que llegara el agua caliente también al penúltimo piso del bloque, el nuestro, y diera para bañeras enteras de los cinco miembros del rebaño. Cómo picaba esa agua caliente en la piel congelada, cómo picaban luego los calcetines de lana que teníamos que poner para reactivar la circulación. Qué bien sabía ese pastel de manzana que tocaba después.

Volviendo a donde estamos, seguramente todo depende del fondo, y seguramente criar en el norte del sur también tiene sus desafíos, pero cuando hay crisis porque “hace frío” o porque “llueve tres días seguidos”, yo solo pienso: al menos aquí nadie tiene que hacer pis en arbustos a diez bajo cero.