Llevo dos días enormemente cansada. Ni por los trabajos en la huerta, ni por excesos de deportes, fiestas, ni siquiera comida. Me han cansado… tachán… los unicornios.
No, no por su ser mágico ni por sus colores de arcoíris, ni por la brillantina que cubre sus cuernos y uñas y acaba pegada en mis manos. Ni por los delicados corazones bordados en tricolor sobre su trasero, ni por las costuras que hay que cerrar cada dos por tres para que no se les escapen las entrañas de poliéster. Ni por el rosa chicle que se ha adueñado de cojines, pijamas, toallas y hasta del cepillo de dientes. Ni por ser los objetos omnipresentes en la cama que comparto con su dueña. Me han agotado precisamente porque, con tanto mundo de ensueño que prometen y provocan, no llegan a cumplir nada por su propia cuenta: ni pueden hablar ni actúan por sí mismos. Así que he pasado dos jornadas intensas cumpliendo la orden inapelable (lo sabes por esa mirada que lanza la mandante) de “tienen que hablar”.
Les pongo voces. A dos unicornios a la vez. A veces, sumando también a un Labubu vecino que se cuela en la trama. Les muevo las patas, les meto un rotulador bajo el brazo para dibujar, les cuelgo un fonendoscopio enorme en sus cabezas peludas y, en un pestañeo, ya son médicos; cinco minutos después tocan el piano, luego cocinan, se transforman en superhéroes, se van a dormir y despiertan en menos de 47 segundos. No se cansan NUNCA. Pero lo que más me desgasta es que hablan TODO EL RATO. Responden, preguntan, reflexionan, cantan, recitan, roncan…
Porque claro, no es solo hablar: hay que darles biografía, carácter, motivaciones internas. Uno es un poco gruñón pero secretamente tierno, el otro ingenuo pero ambicioso, siempre queriendo dirigir la orquesta aunque solo estemos nosotras tres en la habitación. Entre escena y escena, miro el reloj como si estuviera en una maratón televisiva: capítulo 47 — desayuno interdimensional; capítulo 48 — cirugía a un pepino; capítulo 49 — evacuación de la aldea por tormenta de pompas de jabón gigantescas. Yo, que juré que nunca haría teatro improvisado, me descubro como compañía entera: técnico de luces, atrezzo, guionista, actriz principal y público cautivo (que a veces interrumpe para corregir el guion), todo bajo la estricta vigilancia de la señora directora, experta en doma de corceles cuerno-espiralados y otras maniobras ecuestres unicornianas.
En un momento de lucidez, le sugiero a mi hija que, para variar, podría jugar un rato conmigo, con su madre, con su amiga humana de verdad. Que los unicornios seguramente ya estarán agotados y necesitan un buen descanso (igual que mis cuerdas vocales, desgastadas de tanto tono agudo y diminutivos). Ella me mira con la cara de la mayor sabiduría del mundo, como si yo fuera aquí la recién llegada a la vida real:
—Amatxo, no se cansan. Son peluches. NO SON DE VERDAD.
Me callo. Y los unicornios siguen bailando.