Horario guardería / 12

Estoy en el pueblo. Todavía. Me quedan dos semanas y, aunque la idea de la vuelta sigue pareciendo lejana, empieza a perfilarse en mi cabeza como una nube blanca que todavía no amenaza lluvia, pero que ya proyecta una sombra leve sobre el césped. Una presencia flotante que aún no molesta, pero que ya me obliga a mirar de reojo, como quien sabe que el sol no durará para siempre.

He pasado aquí mes y medio. Una cifra que suena casi redonda, casi exacta, casi absurda. No ha sido un encierro radical: los fines de semana he salido, ida y vuelta, para mantener vivo algún vínculo con la versión urbana de mí misma, como quien respira con un tubo de aire desde el fondo de una piscina profunda. Este próximo finde iré también a la casa de mi abuela, donde pasé los veranos de infancia, para preparar la fiesta del cementerio —una tradición que suena más lúgubre de lo que es, pero a la que no iré, porque en su casa los sitios están bien contados: dos sofácamas, dos raskladuškas* y, si hace falta, algunos huecos rectangulares en el suelo donde podría caber una persona adulta. Mi familia, que siempre sobrepasa esos límites, tiene que repartirse con cuidado, y yo prefiero no sumar más confusión.

Aun así, en su mayor parte he estado aquí, y solo aquí en el pueblo. Sin agenda, sin prisa, sin más tareas que las que impone el campo, el huerto o la lógica doméstica del verano letón. Vine pensando que este tiempo en el lugar de origen me ofrecería inspiración, que algo se removería al caminar por los mismos caminos que mi infancia recorrió en bicicleta imaginaria, que algo se escribiría casi solo, como si el recuerdo y la distancia hicieran el trabajo por mí.

Pero no.
O al menos no como esperaba.

No hay páginas escritas. No hay escenas dibujadas. No hay monólogos interiores deslumbrantes ni epifanías reveladoras. Lo que hay es algo mucho más silencioso y difícil de nombrar: una suspensión suave del yo productivo, un estar sin empujar, una forma de deshacerse de las exigencias sin hacerlas estallar.

Aquí los días no se estructuran con objetivos. No hay horarios, ni pendientes, ni reuniones. Hay pepinos. Muchos. Se recogen, se pelan o no, se comen. Lo mismo con las patatas. Se hierven y se mezclan con eneldo —ese sabor inconfundible de las patatas de verano, que no requiere costumbre ni paciencia, porque ha estado ahí toda la vida, como una certeza en la mesa.

A veces vamos al centro, a la tienda a comprar lo justo para la casa y helados para el camino de vuelta. Nada más. Nada que implique complicaciones. Luego cojo la bici, cargo a mi pasajera en su trono y vamos hacia el bosque, donde el camino de asfalto parcheado se deja recorrer con facilidad, pero dentro, cuando una quiere acercarse al río, cuevas o salirse un poco del sendero, aparecen raíces retorcidas que obligan a bajarse y empujar. Ahí es cuando se vuelve más aventura. Entre las raíces, los mosquitos, los arbustos bajos. Entre los arándanos que van saliendo, las fresas silvestres que se esconden. Volvemos con las piernas algo arañadas y el cuerpo en estado de vigilancia suave, por si alguna garrapata se ha aferrado con demasiado entusiasmo.

Mi madre, jubilada pero activa, sigue yendo a trabajar porque dice que si no se vuelve loca. La entiendo, pero no la imito. Yo no me estoy volviendo loca. Me estoy volviendo… blanda, quizás. Porosa.

Las tardes son largas y completamente inofensivas. Se cenan cosas que no necesitan receta, se sale a ver bajar el sol, se cuentan cigüeñas posadas en los postes, cada vez hay más y más juntas. Se reúnen para prepararse para el gran viaje al sur. Se lee un poco, se repasan stories de amigos y conocidos en lugares lejanos, en eventos importantes, en playas con atardeceres más espectaculares que este, y no se siente nada. Ni envidia, ni deseo, ni comparación. Solo una especie de indiferencia mansa que podría confundirse con sabiduría si una se pone poética.

Este fin de semana, como decía, iré dos días a la casa de mi abuela. No para revivir grandes emociones, sino para visitar, enseñar a la bisnieta, escuchar, preparar comida con cosas recogidas de su huerta, preparar bolsas de tomate para llevar a casa, cortar flores para llevar al cementerio y, una vez allí, hacer todo lo posible para que las tumbas de mis antepasados parezcan las más limpias, las más cuidadas y las que más familiares presentes tienen. Por lo ridículo que sea, es importante, es competición, es envidia, es pueblo. Es un viaje largo pero breve y casi administrativo, como si mi versión adulta se deslizara en secreto sobre los fantasmas de las versiones anteriores que aún juegan a las cartas durante la siesta de los tutores jubilados. Hay cosas que permanecen. Otras se doblan con cuidado y se guardan en cajas pequeñas, para no molestar.

A veces me sorprendo imaginando cómo sería quedarme aquí para siempre. No como un plan drástico, sino como una posibilidad dulce, una vida sin sobresaltos, basada en lo mínimo: en la comida que crece en el jardín, en la casa de mi madre, en el mismo banco de siempre para ver cómo se esconde el sol. Ser esa mujer que compra pan cada mañana, que anda en bici con una bolsa colgando del manillar, que conoce todas las nubes y todas las vecinas, y a la que nadie le pregunta qué estás haciendo ahora, en qué estás trabajando, cuándo se estrena lo próximo.

Pero sé que no va a pasar.

Lo sé porque ya empiezo a pensar en cómo será la vuelta, en si contestaré todos los correos de golpe o dejaré alguno sin abrir como acto simbólico. Sé que volveré porque este tipo de paz solo es valiosa si tiene un borde, si sabemos que se va a acabar. Y está bien así.

No he producido nada importante. No he anotado grandes ideas. No he desarrollado ningún nuevo proyecto. He estado aquí. He existido sin traducirme, sin rendir cuentas, sin exigirme relatos.

No me llevo nada nuevo. Pero me he vaciado de muchas cosas viejas. Y eso, ahora mismo, es suficiente.

*cama plegable soviética con estructura metálica y cubierta de lona.