Cada verano vuelvo. No siempre sé por qué. A veces digo que es por mi madre, por la familia, para que mi hija se reencuentre con ese jardín sin fin ni pretensiones donde siempre hay algo de hacer y de comer, y una olvida los zapatos durante semanas. Donde se juega con el agua del balde sin cuestionar la procedencia de la capa fangosa que recubre sus paredes. Donde se pisan abejas, se rascan picaduras y se sigue andando descalza al atardecer, en manga corta y con dignidad. Donde las plantas de los pies se tiñen de verde con la hierba recién cortada y las manos estrenan nuevas líneas de vida cada vez que se atreven con el rosal. Por todo eso vuelvo. Y también, creo, vuelvo para buscar algo que no sé si quiero encontrar. O quizás sí. Quizás una parte de mí necesita asomarse al museo personal de todo lo que ya no fue.
La casa de mi madre no es la mía, ni por historia, ni por olor, ni por paredes. No crecí aquí; se convirtió en su casa cuando yo ya estaba demasiado lejos para reclamar mi habitación. Pero con el tiempo, ha acabado siendo el lugar donde hay más de mí que en mi propio hogar, en una especie de archivo emocional. El desván, que pretende ser habitación pero no se lo cree nadie, es un museo de mis mil libros y de mis mil cajas donde yacen los restos arqueológicos de otras versiones mías. Vidas paralelas e inconclusas que empecé a escribir con en lápiz blando y abandoné porque en su momento parecía lo correcto (y ahora lo parecería igual, pero con menos drama interno). Las vidas allí almacenadas no naufragaron, eso es de melodramas; simplemente se quedaron flotando, como esas cartas que quedan sin enviar hasta que veinte años después ya no coinciden las coordenadas.
La casa de mi madre, que no es la mía, está en el mismo pueblo. El de siempre. El que cambié por la ciudad a los quince, con la espalda erguida y una maleta llena de prisa. Un pueblo de poco más de mil habitantes, de los cuales te cruzas con diez, salvo que haya funerales o fiestas estivales. El mismo donde sigo reconociéndome en las caras de profesoras de guardería, vecinos de siempre y compañeros de trabajo de mi madre. Mis antiguos compañeros de clase los tengo que rescatar del fondo de un cajón mental; en mi memoria aún tienen voz de niño y cara sin barba. “¿Ese tiene casa propia e hijos?” pienso. “¿Pero no acababa de cumplir once?”
Este verano, como otros, he vuelto. Pero esta vez encontré algo. El álbum. El álbum perdido. El que creía desaparecido para siempre. Lo encontré en el mismo ático donde ya lo había buscado mil veces. Apareció, como si hubiese decidido él solo cuándo yo estaba preparada. Spoiler: no lo estoy. Sinceramente, ya me había hecho a la idea romántica de su desaparición definitiva, incluso terapéutica, sellante. Y al encontrarlo, por un instante, sentí que el mundo giraba al revés. Una fisura en el tiempo. Un regreso.
Ver esas fotos fue como abrir una cápsula de deseo suspendido. Una de esas historias no vividas. O no del todo vividas. Abandonada justo antes de cruzar la mayoría de edad, aparcada en esa curva peligrosa donde la niña se hace ilusiones y el niño sigue siendo niño. Fue una historia dulce, un cariño enorme y tímido, la sensación de que alguien me miraba como si valiera todo. Duró lo que duran esas cosas cuando no tienes el lenguaje suficiente para defenderlas.
Esta historia me descoloca. Porque cuando reaparece, aunque sea en forma de foto o mensaje suelto, algo en mí se revuelve. Se instala un temblor en las mariposas viejas. Las que ya había guardado en el armario donde van los abrigos de otras temporadas. Pero no están muertas. Joder, no. Están ahí, resistiendo como polillas de alta sensibilidad emocional, removiendo una nostalgia que no sé si es amor o simple apego al pasado. ¿Por qué siguen volando por donde no debería caber ni una mosca?
Quizás es eso. No es tristeza. No es infelicidad. Es el eco de una versión de mí que aún golpea las paredes del tiempo, pidiendo su turno. Una que no vivió todo lo que deseaba, pero que sigue susurrando desde un rincón de la memoria: “acuérdate de mí, aunque solo sea para saber que existí.”
Porque ahora son eso: encuentros de cinco minutos que huelen a cosas que no sé nombrar. Que no caben en la vida que tengo, pero tampoco terminan de irse. Choques mínimos que sacuden el estómago, como si el cuerpo recordara algo que la cabeza ya archivó. Dejan un sabor que no es tristeza, ni melancolía, ni deseo. Es… ¿posibilidad? ¿Melancolía de la alternativa?
A veces fantaseo con que alguien, al ver mis fotos ahora, se pregunte “¿y si…?” igual que yo. Que me echen de menos como se echa de menos lo que no fue lo bastante vivido. A veces deseo —y me da hasta rabia admitirlo— que alguien llore un poco mi pérdida aunque no me haya muerto. Que mi ausencia pese. Que en algún rincón de la vida de alguien yo sea un bonito dolor.
Y luego me hago una revisión de la realidad: tengo vida, caos, rutinas y esa hija que me mira convencida de que soy el Homo sapiens más avanzado de la Tierra. Pero también tengo este vestíbulo mental donde todas las cartas por enviar descansan, tranquilas, por respeto a lo que pudo ser, pero no hizo falta que fuera. Como quien no borra un número de teléfono que ya no piensa marcar.
Al cerrar el álbum, lo dejé sobre la estantería. No lo escondí ni lo volví a perder. Lo coloqué entre los libros. Lo bastante visible como para encontrarlo. Lo bastante camuflado como para olvidarlo otra vez.
Y salí al jardín. Me comí una frambuesa. Y seguí.