Horario guardería / 10

Tenemos un plan perfecto para los días raros. Esos días cuando llueve, pero no del todo, cuando hay ganas de hacer algo, pero tampoco se sabe realmente qué; cuando ya no apetecen los parques de barrio ni los de los barrios colindantes; cuando estás en un limbo meteorológico y vital, y tampoco puedes ir a la piscina porque el bañador sigue mojado desde ayer; y, sobre todo, cuando es domingo y hay otro maratón o carrera ciclista y, de repente, te das cuenta de que vivir en el centro requiere aguante de sociedad.

Se llama La Ciudad Mágica y es un mundo paralelo con entrada libre de juicio y zapatillas. Un espacio lúdico donde los adultos pueden tomar café (o fingir que lo hacen) mientras sus hijos saltan, gritan y juegan como si no hubiera mañana ni hora de cierre. Es un microcosmos de estímulos acolchados donde todo pasa a la vez, pero sin el peligro de coches, cacas de perro o tiendas tan atractivas que te generan ansiedad existencial. Una mezcla entre parque infantil, centro comercial en miniatura y simulacro de sociedad. Y lo mejor es que está lo suficientemente lejos para no ir cada día, pero lo suficientemente cerca para poder acercarnos en bicicleta o haciendo una parada en tren. Distancia perfecta para no sobreconsumir y para que siga siendo un plan para esos días excepcionalmente raros.

Entre los beneficios visibles de ese sitio mágico, el primero es la descarga. Mientras la persona encargada me prepara un papelito apuntando la hora de entrada y la de la presunta salida, mi hija ya se ha quitado los zapatos, conseguido el pase por la puerta magnética y se ha enjaulado en el cubículo de las camas elásticas. Salta con la concentración de una atleta olímpica, da vueltas, tropieza, cae de pie, sube de nuevo. De las dos camas ocupa una y nunca, nunca salta fuera de los límites marcados. De la misma manera, nunca, nunca dejaría que otro niño pise su rectángulo de salto. Luego, durante unas decenas de minutos, corre en bucle por un circuito de obstáculos que incluye escalones, túneles, puentes de redecilla, colchonetas, y concluye en dos toboganes paralelos de plástico tan brillante como cargado. Literalmente. Porque cada vez que se lanza, la electricidad estática le levanta el pelo y, en algún punto del trayecto, le salta una chispa que convierte su culo en un generador natural. Suele llevar pantalones y calcetines de mezcla de algodón que, seguramente, son el potenciador del efecto. 

Cuando ya ha expulsado suficiente energía como para iluminar media cocina, empieza la parte narrativa del juego. Se pone un disfraz de princesa o de bombera, nunca mezclados; se mete en la peluquería de juguete donde todo es unicornios y rosa-barbie-nuclear; me atiende en el supermercado temático y me vende un yogur, una berenjena, una jeringuilla de juguete, una escoba, una esponja de baño y una manzana a medio morder. Todo junto. Sin bolsa.

Después viene la fase café con leche. Me prepara uno detrás de otro en la cocinita, que tiene tres microondas, una Thermomix con tapa de Le Creuset y una nevera llena de puzles. La mecánica siempre es la misma: prepara, sirve, lava la taza, vuelve a servir. No hay pausa, no hay cháchara, no hay pastelitos. Es como estar atrapada en una secuencia infinita de hospitalidad sin demanda. O será que repite un ejemplo inconscientemente transmitido por la comensal.

Y mientras ella coloniza los espacios y vive mil vidas en sesenta minutos, yo entro en modo acción – satisfacción. Porque La Ciudad Mágica tiene un efecto secundario inesperado: es un paraíso para las madres con TOC de orden moderado. El caos generalizado y sistemático de ese lugar me llama, me necesita. Y yo respondo.

Recojo. Ordeno. Reposiciono. Llevo todas las cosas arrojadas y mezcladas a sus cuartos designados como si fuese Marie Kondo poseída por una animadora infantil. Las verduras vuelven a la tienda-cocina, los zapatos diminutos al choco bebé-peluquería. Las máscaras de superhéroes al estante que siempre está vacío porque nadie quiere ser Clark Kent. Los coches de juguete los alineo en fila, por orden de tamaño y color, con los caballitos de plástico al frente, como si fueran escolta presidencial. A veces ordeno por función. Otras, por frecuencia de uso. Me dejo llevar.

El lugar me transforma en una trabajadora voluntaria. Feliz. Podría hacer turnos. Ordenar por zonas. Implementar mejoras en el sistema logístico interno. Porque, claro, los bebés deberían estar en el choco de cuidados del menor, no en el área de bomberos, los dinosaurios no deberían asarse en un horno, y los megáfonos no tienen mucho sentido en el supermercado, salvo que queramos simular el anuncio de BM.

Y mientras todo esto sucede, y yo cruzo las vías dibujadas en un vinilo con un carrito de compra lleno de frutas falsas, me doy cuenta: estoy en paz. Ella juega, yo ordeno. Y ninguna de las dos genera más trabajo del necesario. No es tiempo libre, es tiempo sincronizado. Es una rendija perfecta entre el caos y el control, entre el juego libre y la productividad secreta. Un interludio glorioso antes de volver al mundo de verdad, donde no hay médicos en pañales ni berenjenas impelables.

Aunque, claro, todo cambia si llegamos demasiado pronto y aún no hay nadie que haya generado el desorden. Entonces, salvo que me invente problemas donde no las hay, me aburro, esperando ansiosamente la llegada del primer niño tornado.