Hoy me he atrevido con una de las camisas que lleva demasiado tiempo sin notar el cálido tacto de la plancha. Partiendo del hecho que lo de planchar es, creo, la única tarea de casa que no encuentro ni relajante, ni desafiante (ahora repasarás las tareas clásicas en tu mente e intentarás encasillarlas todas bajo el primero o segundo adjetivo), cuando ya no queda otra y tengo que planchar, pretendo seguir un orden estricto de prioridades para ahorrar tiempo y ganas mientras duren. Primero la ropa de la niña – la del cole, luego la de casa, luego mi ropa, total que tengo cinco cosas en el armario de las que uso y, por lo tanto tengo que lavar y planchar, dos. Siguen en orden las camisetas y pantalones de mi marido – casi todos son rectángulos anchos y rectos, sin borlas, volantes y demás molestias. Allí normalmente se me acaba el tiempo, si es que el torso torcido de camiseta de algodón no se haya adelantado con agotarme las ganas. Las camisas, esas prendas con botones, cuellos, pliegues, bolsillos y cortes imposibles de aplanar en un 2D de plancha fácil de doble cara, se quedan en la fila esperando esos momentos casi imposibles cuando la tabla de planchar se convierte en la única escapatoria mental durante un fin de semana lluvioso y demasiado cargado de la atención infantil.
Hoy, en pleno acto de heroicidad doméstica, he rescatado una de esas camisas: de lino celeste, con un bolsillo a la altura del corazón y una arruga instalada ya en el ADN de su tejido. La extiendo sobre la tabla, cargo de vapor la plancha y, al meter los dedos en el bolsillo para alisarlo desde dentro, siento un papel áspero, ajado pero milagrosamente intacto. Tiro de él: un billete del Cuponazo, doblado con precisión de origami desganado, amarilleado en las esquinas pero todavía legible. Me asombra, primero, que haya sobrevivido a la embestida de la lavadora, a sus chorros impiadosos y centrifugados de resignación. Lo dejo al lado de la plancha, como quien deja una hoja recogida en otoño, sin darle aún demasiada importancia pero sin poder ignorar esa pequeña sacudida de curiosidad.
Termino la camisa a medias (una manga perfecta, la otra un campo de batalla) y me siento, plancha aún encendida, a mirar el billete. Fecha de hace más de tres meses. Número en grande, legible. Con la pantalla del móvil iluminándome la cara, busco resultados. Me toma treinta segundos y una pequeña carcajada incrédula: dos mil euros. Dos mil. Los miro, los recuento mentalmente en cosas tan necesarias como básicas que ya no podrán ser: dos meses de no tener que pedir prestado dinero de la cuenta universitaria de mi hija; alguna escapada fuera de las fronteras comarcales, aunque fuera a un camping con más barro que estrellas; una camiseta nueva para planchar (como si eso cambiara algo); transferir algo a mi cuenta extranjera para evitar la tentación inminente; comprar una plancha nueva, a la que no se le caigan los botones de vapor cada vez que respira fuerte y que, de alguna manera mágica, me haga querer planchar más, quizá una sin cable, esas futuristas; zapatillas barefoot y bonitas (misión casi imposible) para los pies de la niña, que ya empieza a crecer a ritmo de carrera olímpica; un par de visitas a la piscina municipal y al acuario, para hacer como que viajamos aunque sea a través de peces; y permitirme algún que otro ColaCao en una cafetería, sin calcular mentalmente si por ello comeremos lentejas de lata dos días seguidos. Cierro el navegador. Recuerdo otra vez la fecha. El plazo de cobro: vencido. No por días, no por horas de épica cinematográfica: vencido con una rotundidad burocrática de tres meses y una semana. Un papel arrugado donde antes, técnicamente, había un sueño en efectivo. Lo arrojo a la basura, dudando un instante si corresponde al contenedor de papel o al de plástico por su estado casi impecable trás haber pasado por remolino de agua a 40 grados, y sello en silencio la decisión de no contarlo nunca a nadie. Así evitamos la búsqueda inútil de un culpable.
Conclusión: no hay mucho más que añadir. Planchar a tiempo. Y vaciar los bolsillos. Plancha! No por amor a la pulcritud, sino porque a veces en un bolsillo olvidado se esconde algo que podría haberte cambiado el mes, o al menos, el humor.