Horario guardería / 6

La relatividad del tiempo no es cosa nueva. Esa idea de que a veces el tiempo pasa más rápido que otras, y que el tiempo, mientras pasa, va lento, pero cuando, una vez pasado, echas un vistazo atrás a aquel día que escogiste como punto de partida, parece que haya volado; que el lunes pasado era hace dos meses y el miércoles de hace cinco era ayer.

Aunque parezca que los momentos cuando menos cosas pasan, los aburridos, los rutinarios, los de otro día sin importancia especial, los días cuando más cuesta recordar si esta era la mañana cuando he cerrado la puerta al salir o era ayer, son los culpables de estirar el tiempo como un chicle sin sabor ni ya cuerpo para convertirse en una burbuja, realmente, en ese punto post tempus (o sea, una vez definidos los dos puntos temporales de referencia), te das cuenta de que entre el A y el B no ha habido tanta distancia. El tiempo, con la gracia de una gacela joven, ha saltado de un punto a otro sin dejar marca en el suelo, sin tocar las agujas del reloj y dejando las casillas del calendario en un blanco impoluto. Sin embargo, cuando entre el A y el B transcurren cosas que requieren tu atención o algún cambio de lo habitual, algún apunte bajo el número de la fecha o alguna nota en el calendario digital, se convierten en unos montículos atractivos que la gacela va atravesando uno a uno como un niño pisando cada charco que encuentra en su camino al colegio. Fuera las metáforas faunísticas: que el niño lo ha clavado. En el instante, mientras vas viendo cómo la humedad impregna la fibra de algodón de los pantalones recién puestos, el camino de 100 metros parece una eternidad.

De igual manera, las semanas (por elegir un corte de tiempo bastante común para referirse a cortes de tiempo) que se presentan llenas de notas varias en la agenda, aunque no guarden largos momentos para la reflexión y parecen que van aceleradas (también se lo cree el niño en el charco o las mujeres embarazadas de 8 meses cruzando en amarillo), realmente tienen tantas paradas en el camino que te empiezas a marear y, con toda el alma, deseas que el autobús pare y que alguien por fin dé con la pauta del teletransporte.
Aunque todo esto también es relativo y, mientras más escribo, menos segura estoy de que realmente confío en lo que estoy describiendo. Salvo lo de los niños y los charcos. Y mi anhelo por el teletransporte.

De manera superficial, suele ocurrir a menudo, pero llegué a profundizar la reflexión sobre los montículos de tiempo a raíz de una conversación ajena escuchada en una esquina de la calle que no suelo frecuentar. Una mañana antes de Navidades decidí ganarme un par de puntos de karma y llevar unas cosas que ya no necesitaba al punto de donaciones para la gente que sí podría necesitarlas, y resulta que ese punto no se halla en mi camino habitual, por lo que tengo que coger el tren y emprender mi camino hacia nuevos barrios por conocer. Y en nuevos barrios hay gente nueva, no por edad, sino por novedad, y chismes nuevos, para mí, que para los del barrio serán repeticiones anuales que la persona X transmite a la persona Y en estas fechas y este tipo de situaciones. Nada más bajar del tren y subir una colina que creo que la han puesto “camino Ermita” solo para que la gente se anime a subir, me topo con dos personas de indefinible edad que oscila entre los 60 y los 90, que, al encontrarse, lanzan un diálogo que percibo de oídas entre los ruidos del tráfico y mi propia respiración agitada por la subida:

—Epa, hombre, ¿en qué andas? ¿Al centro bajas?
—Sí, a ver si consigo el calendario de la Diputación. Que otro día cogí el de Laboral y es muy feo. Cada año los dibujos son más feos.
—Sí, el de Laboral lo cogió mi suegra, yo ese no quiero. A ver si mañana dan en Kutxa. A ver cómo será. Y, claro, el de Diputación hay que coger. Aunque ese es muy grande y me tapa toda la pared. Pero ya cogeré. Creo que dan dos por persona. Cojo también para mi suegra. Igual quiere.

Luego sigue la conversación sobre unos calendarios más, mientras yo intento procesar la información. Me cuesta, intento otra vez, y ya, con los niveles de oxígeno más equilibrados, intento otra vez hasta que lo dejo. Imposible. Me resulta imposiblemente curioso pensar que alguien pueda pasar el día recopilando calendarios gratuitos que regalan los bancos e instituciones en estas fechas para sus clientes o, seamos reales, cualquier persona que se acerque al puesto. Me resulta atractivo por ser absurdo que cada banco e institución se empeñen en elaborar y repartir calendarios gratuitos como si estuvieran en plena competición por quién consigue llenar más paredes de cocinas ajenas. Ahí están, amontonados en mostradores o colgados de ganchos improvisados: con sus logotipos en negrita, tipografías cuestionables y un diseño que rara vez inspira entusiasmo, como he podido comprobar de oídas en la esquina de Larratxo. Sin embargo, la gente los arrasa. Da igual que el diseño sea tan atractivo como un catálogo de electrodomésticos del 2002; nunca falta quien se lleve uno, o mejor, tres. Por si acaso.

Y luego pasa algo fascinante: el ritual de rebelión. La mayoría de esas personas, en cuanto hayan saciado su ansia con la recolecta de los calendarios gratuitos, se acercarán a una librería de barrio, de confianza, y ahí es donde se producirá la elección definitiva. El calendario que sí tendrá un lugar de honor en casa no será ni el del banco, ni el del Ayuntamiento, ni el de la panadería de la esquina que regala uno con una foto de su equipo. No. Será uno comprado. Probablemente uno con gatitos que posan como modelos de portada con diferentes atuendos según el mes que toca, o con paisajes de postal que parecen sacados de un sueño perfecto, o de un banco de imágenes perfecto que al final da lo mismo.

De vuelta a casa con todas las cosas que iba a donar (ya que el local de reparto de puntos de karma lo había encontrado cerrado), me pongo a revisar la oferta de calendarios del 2025 de los bancos a mi alrededor. Ni tan mal el de Laboral; el de Kutxa sale mañana. Los de Diputación los miro de paso en el momento de reparto y, sí, efectivamente son demasiado grandes. Lo compruebo mirando cómo la gente coge su par y lo lamenta al momento porque no entran ni en el bolso, ni se enrollan bien para llevar bajo el brazo. Lo comprobé también el año pasado cuando encontré dos calendarios de la Diputación en la mesa de mi sala. Los de bancos no suelo llegar a tocar porque no frecuento una sucursal. Y, en general, no me valen los calendarios de aquí porque al lado del número de la fecha no ponen la selección de nombres de pila que alguien, considerado responsable, haya elegido como los más apropiados para una celebración del Día del nombre en mi país natal, que es Letonia. No, no son santos; son nombres de personas normales y corrientes, personas que, por una tradición cultural que tengo pendiente por investigar, disponen de otro día que celebrar aparte del cumpleaños. Prometo dedicar a este tema otro capítulo más adelante. Prometo que será interesante.

Otro día, comprando papel de baño y una crema para codos en la perfumería, me regalan un pack de calendarios. Un calendario grande de pared sin dibujos más allá de los propios de la cadena de las perfumerías, otro plegable para la mesa, también sin dibujos, una regla calendario de un material que no sé si es cartulina o plástico, y un vale de 3 euros para canjear si tan fácilmente llego a gastar más de 60. Reflexiono dos segundos, lo que tardo en recoger mi compra y guardarla en la mochila. Unos minutos más tarde, en la puerta de la guardería, regalo a mi suegra un bonito pack calendario.

P.D. Me flipan los cubículos de calendarios de hojas arrancables, donde, al otro lado de la fecha, cada día te regala una perla de sabiduría, ya sea de recetas, de consejos hortícolas o de un poema de amor eterno, carnal o celestial.