Horario guardería / 5

Olé, Olentzerooo, Olé, Olentzeroooo. Con esta frase, que en realidad es una palabra con cosas, pero que pega más que la miel mientras oscila entre cánticos vascos y aires de flamenco, se acerca, inevitablemente, la Navidad. Y me doy cuenta de que he dejado un hueco narrativo en estos párrafos tipo diario, tipo ensayos para todos, omitiendo información tan relevante como que se acabó mi desempleo, mi época de págame, país, para que pueda resucitar. Y desde el solsticio de verano —así, un pincho justo en el corazón del año— soy empresa. Autónoma, mejor dicho, que, por ahora, es la forma de ganarme la vida que más se me asemeja a la libertad empresarial.

Aunque cuestionable lo de la libertad, pero con mis altos dotes organizativos y de responsabilidad, y con mi entendimiento de la secuencia causa-efecto, o sea, trabajo → dinero → comer → vida, me apaño bien con los malabares entre productividad y la lavadora. Así que aquí estoy, hinchando mis horas matinales, las mismas de la guardería, con compromisos profesionales de alto nivel aspiracional y una utópica perspectiva de la realización al 100%, por lo menos hasta el momento en que una película se pueda grabar entre semana durante las primeras 6 horas del día.

Y con eso aclarado, vuelvo a la Navidad. O mejor dicho, a las vacaciones escolares: esa maravillosa línea roja en el calendario que une a una serie de ancianos míticos que, igual que nosotros, los creadores que sobreviven a base de documentos presentados a la convocatoria del posible benefactor, procrastinamos durante el año para que, en un día marcado en el calendario como deadline, apresuremos a entregar todo lo que se haya hecho ya días, semanas, meses antes, pero que, por precaución a un inesperado cambio, se ha guardado hasta el último día. Y no sirven de nada los mensajes de “No esperar hasta la fecha roja para presentar la solicitud, que por favor, que nuestro sistema puede atascar.” Y se atasca, y todo es estrés y todo, ay, mierda, hasta que sale la nota de salvación: “Por problemas técnicos os damos 24 horas más.” De las cuales 22 seguimos procrastinando. Y luego todo es trabajo nocturno. Igual que el de Santa Claus.

En fin, las vacaciones escolares: esa maravillosa línea roja en el calendario que se me acerca y dice en una voz zen: “Organízate, querida, como puedas, que vienen tres semanas de domingos.” Porque conciliar eso siendo autónoma es básicamente jugar al Tetris con piezas invisibles: un mail por aquí, un archivo por allá, y, de fondo, el ojo torcido hacia la mesita en el suelo donde mi hija, con toda la concentración del mundo, se va pintando unos guantes morados de témpera. Bueno, ya veremos, quizás ni tan mal sale todo. Igual hasta hay un par de días de sol y la puedo agotar de tal manera que me recompensa con siestas eternas.

Lo bueno de la pre-Navidad con los pequeños es el asombro, la esperanza retenida, la ansiedad por la sorpresa y la mágica conversión del niño más rebelde y casquetón en una especie de angelito adiestrado a comportarse bien para recibir la recompensa. Igual que a los señores barbudos que proporcionan (o eso dicen) los obsequios de las fiestas cristianas de adopción —por conveniencia, popular—, también los receptores, los niños, suelen procrastinar hasta las fechas bien previas al lazo del regalo para ponerse botas comiendo brócolis y organizando sus mil y un dibujos, piñas y palos, globos deshinchados y, por supuesto, sus juguetes. Que no parezca que ya tienen demasiados.

Pensamiento paralelo: quizás, si lo de organizar juguetes lo tomamos en nuestras manos, podemos adelantarnos a encontrar alguno tan bien olvidado que podría volver a la caja, lazo, debajo del árbol.

Y luego están los conciertos de Navidad. Me encantan. Más que por su contenido y presentación que por la pura nostalgia que me inculca devolviéndome en instantes a mi pueblo natal, Navidad blanca, iglesia helada, aliento con ese humito de vapor, cantar fácil —porque la iglesia suena, proyecta—, olor a velas de verdad, olor a abetos de verdad, a la cera entrando en los poros de la espina, carboncito, calor, olor a casa. Un instante y una nota desentonada me devuelve a la realidad: “Olé, Olé, Olentzero.” Miro las caras felices de los niños y se me entona todo. Por cierto, las coreografías de esa canción parecen el ensayo general de un musical de Broadway, con los niños subiendo y bajando escaleras, cogiendo manzanas, txalo arriba, txalo abajo, las rodillas, vuelta, vuelta, casi sin poder respirar, pero eso sí, ¡felices! Bueno, a su manera. Porque entre tanto movimiento alguno acabó más cerca del suelo que del escenario, pero ahí seguían, cantando como podían, porque, total, ¿quién necesita escuchar la letra? La canción se la sabe todo el mundo, y lo importante es que los padres saquen fotos desenfocadas mientras fingen no estar llorando de emoción.

Y luego la magnífica pausa entre canción y canción, y Dios habló al pueblo, suena un ligero y lejano “Aleluya” de los altavoces invisiblemente instalados entre las columnas sagradas. Música celestial que ambienta los minutos que los turistas o los viandantes locales disfrutan durante su visita al templo. Parece que la señora encargada del bienestar (de nosotros en) la casa del Señor no se había molestado en apagar la magnetola. Total, que es un concierto de niños, que hablan más de lo que escuchan. Total, que los que escuchan son sus padres. Total, que no suena tan alto. Total, que, ¿pa qué?, que luego habrá que volver a ver con qué canción sigo. Total, que el botón OFF seguía sin marcas del pulgar y me entró la duda de si se apañan de apretarlo al cerrar.

Termina el concierto y salimos de la iglesia, esquivando a paso rápido las piñas familiares que, hinchados de orgullo, rodean al pequeño corista. Entre tanto escalón y pared de piedra, marchamos medio corriendo hacia la alcantarilla donde el “Amatxo, tengo pis” deja de repetirse para dar paso a la acción. La felicidad está en las cosas pequeñas, certeza absoluta. Suenan las campanas: cosa pequeña, felicidad. Calles iluminadas: cosa pequeña, felicidad. Un trozo de turrón de degustación: cosa pequeña, felicidad. Un pijama rojo con un ciervo y la frase Here comes Santa aparece de la nada, como solución a algo que no sabía que necesitábamos. Cosa 12,95 eur, pero ¡qué felicidad!

Al final, si lo miro con los ojos que aún reflejan un concierto de Navidad en una noche estrellada y con una niña feliz cantando en mis brazos, las vacaciones escolares parecen una tarea bastante asumible. Al final, todo, bien organizado anteriormente (o interiormente, mejor dicho), tiende a resolverse solo. Dos vueltas y la pieza encaja sin esfuerzo. Línea llena, línea fuera, seguimos. Y esto también pasará. Solo un poco de paciencia y esperar que el Tetris invisible no se derrumbe demasiado. Y si eso, pedir uno nuevo a quien corresponda.

Feliz Navidad a todas las autónomas del mundo. ¡Que el botón OFF de la vida nos dé tregua al menos un par de días!