Hoy he llegado antes y me encuentro con una abuela en el banco de al lado. Con cara plácidamente concentrada, mirando hacia la eternidad, en su teléfono depositado al lado escucha a todo volumen una misa de esas de cantar y de sermón. En la funda rosa, detrás de un plástico transparente, se asoma una imagen de la Virgen, tapada por otra foto más pequeña de su, aparentemente, nieta. Misa en teléfono, pienso. Creo que la iglesia online me está persiguiendo. Pensamiento simultáneo: a la Virgen le queda bien el rosa Barbie de la funda.
A veces pienso que la creencia en Dios —y estoy hablando del Dios cristiano, el protagonista de la Biblia— es una especie de club de aficionados al que realmente te apuntas no tanto por la afición misma, sino para poder formar parte de una sociedad con la que has encontrado un minúsculo porcentaje de intereses en común. ¿Puedo ser fan de un grupo de música y no empapelar mi habitación con sus carteles? ¿Puedo ser fan de la comida china y comerla con un tenedor? ¿Puedo ser creyente en Dios, ese Dios de la Biblia, sin pisar la iglesia? ¿O solo me convierto en uno más del grupo cuando mi afición es expresada por los medios autorizados del grupo? Preguntas que se me ocurren frecuentemente por ser una persona altamente antisocial y desinteresada en cosas que no tengan efecto directo en mí aquí y ahora. Son dudas universales, que surgen de un brote interno, que no llega a decidirse si es una planta de sol o de sombra, o las dos a la vez. O nada. Un brote con tallo y hojas bien paralelas para mantener el equilibrio central, que sube, y sube, y sube hacia el cielo con la intención de alcanzar el final de la zona de blanco y negro para florecer a todo color en un eterno gris de ambigüedad.
A veces me pregunto si realmente tengo el derecho a vivir en un espacio imaginario, donde no todo tiene que ser blanco o negro. Vivimos en una sociedad que parece exigirnos que tomemos posiciones claras, que nos impulse a definiciones tajantes. Pero, ¿y si no quiero hacerlo? ¿Y si no todo tiene que tener una respuesta definitiva, o un bando fijo? ¿Por qué no puedo vivir en ese espacio intermedio, donde las elecciones y los pensamientos no siempre se ajustan a los extremos que la sociedad nos propone? Aún así, ¿podría ser parte de la sociedad? Porque me interesa, por sus beneficios y por la salud mental.
¿Tengo derecho a no apuntarme a una huelga? ¿Tengo derecho a no manifestarme a favor del feminismo sin pasar al otro bando? ¿Tengo derecho a tener amigos queer y decirle a mi hija que es una niña y será una mujer? A veces, las luchas por la igualdad son fundamentales, pero también es válido cuestionar cómo vivir ese compromiso. ¿Tengo derecho a usar bolsas de plástico, volar en avión y comprar en Zara sin autojustificarme constantemente con qué acciones lo compenso? Que si me compro un pantalón en 5 años, que no viajo casi nada, que no tengo coche, que no tengo una granja de mil vacas, que no soy fábrica de carbón, que solo tengo una hija, que tengo un árbol de Navidad postizo que saco y vuelvo a meter en la caja. Mierda, que es de plástico.
O algo más básico, más cotidiano. ¿Tengo derecho a no dar dos besos en las mejillas sin que me cuelguen la medalla de la borde guiri que no quiere integrarse? No es que no me guste la gente ni que me falte afecto, que sí, que lo tengo bien selectivo, pero a veces prefiero quedarme en esa ambigüedad, donde no se tiene que seguir un protocolo para mostrar cariño. O tocando la fibra materna, que pasa mucho y demasiado: ¿realmente tengo que obligar a mi hija de 2 años, en su fase de desarrollo más egocéntrico, a compartir sus juguetes todo el tiempo? ¿Es malo que tenga consciencia de su propiedad y de su derecho a decidir sobre ella? ¿Es malo que no coma bocata de chorizo para merendar?
Hay un juicio constante sobre cómo debemos vivir, pero, en algunos casos, lo que importa es que esa elección sea mía. Y muchas veces esa elección se encuentra en la zona gris, en la ambigüedad, en el pasillo entre puerta y puerta, donde, si te quedas demasiado tiempo, te miran mal, como si hubieras acudido sin cita previa ni una necesidad real. Sin la justificación.
Quiero creer que vivir fuera de los extremos no me convierte en una apática, sino que me coloca en ese espacio intermedio donde las respuestas no siempre son claras. Vivir en la ambigüedad no significa que no me importe nada. Al contrario, me importa profundamente hacer las cosas a mi manera, respetando lo que siento y lo que necesito, sin imponerlo, ni molestar con ello a los demás. Vivir en el pasillo entre los extremos a veces es considerado falta de voluntad o desinterés, pero creo que es solo el derecho y el poder – superpoder, mejor dicho – de aceptar que las respuestas no siempre son simples, y que tampoco tienen que ser la complicación predeterminada. Hay un surtido de grises para todo y todos. Disfrútalo!