Me atrae la relación de nosotros, los que hemos nacido a finales de los 80 en un país postsoviético, con el recuerdo de una época que, en realidad, nunca hemos vivido.
Es una relación algo extraña que oscila entre lo propio y cercano y lo totalmente exótico. Nunca he querido haberla vivido, pero siempre he querido tener ese recuerdo. El recuerdo que tienen mis padres más que el de mis abuelos, cuyo recuerdo es demasiado triste, y a la puerta del final feliz llegaron ya demasiado cansados.
Sin embargo, el recuerdo de mis padres es una historia de mil posibilidades, de mil maneras de cómo terminarla y de mil maneras de cómo transmitirla a sus hijos. Así la he percibido: esa historia de hadas pobres pero felices, de normalidades anormales, de búsqueda del escape, de mil apaños, de confianzas, de protesta colectiva transmitida a través de canciones, letras, ideas y acciones, y de lo grande que puede convertirse algo pequeño. El aferrarse y reconstruir una identidad que, en realidad, nunca habían tenido, porque nacieron demasiado tarde para tenerla. La iban conociendo a través de un recuerdo que tampoco era suyo, pero que deseaban y consiguieron convertir en tal.
He nacido en un país que ya no existe, suelo decir. No es verdad, porque el país donde nací no había dejado de existir. Tan solo lo habían escondido debajo de un pañuelo rojo.