Un recuerdo que me cuesta tocar porque resulta tan bonito que duele hasta el alma es el de los futuros imaginarios perdidos. No se trata de las nuevas amistades que se han desvanecido tras traer al mundo a una nueva vida, sino de aquellas vidas imaginadas que se me han ido perdiendo en el camino, como consecuencia natural de las mil mudanzas y de mis constantes intenciones de volver a empezar. Soy completamente consciente de que repasar las fotos y volver en memoria a tiempos pasados es un intento egoísta de imaginarme en otra vida, quizás una vida mejor, siempre mejor, porque si no va a suceder, ¿para qué imaginar algo que no sea para mejorar?
Y así, una de las pérdidas materiales que más me duele en esta vida es la de un álbum de fotos que recibí como regalo para mi 18 cumpleaños. Entre mis retratos y dobles con la autora del regalo, había un par de recuerdos capturados de mi vínculo especial con una persona. Para entonces, ya era cosa de un pasado reciente, superficialmente cicatrizado, aunque, como nunca se termina del todo (esos vínculos no desaparecen, solo se transforman), el álbum, bien colocado en una estantería a más de 2000 km de mi distancia habitual, solía ser el culpable de revolver mis recuerdos.
Y un día, simplemente se perdió. No recuerdo haberlo movido de su sitio en el ático de la casa de mi madre, donde guardo lo más relevante de mis otras vidas. Nadie recuerda haberlo visto, ni haberlo necesitado o usado por cualquier razón. Podría decir que es una señal para pasar la página definitivamente, aunque, si la paso yo sola, seguiría abierta en otros lados. Lo más probable es que se haya caído detrás de un mueble casi centenario, un rincón que nadie va a mover para dejar en paz el microcosmos trasarmario y dedicarse a cosas más importantes. Duele, porque era (o es) una prueba material de recuerdos de una época que añoro. Sobre todo, porque en aquel entonces el mundo estaba por descubrir y tenía a alguien con quién ir de la mano.
¿Le sigo queriendo o es otra vez la maldita cosa de las mitades que se me ha escapado? Y si regresara al punto de partida (o de salida), ¿tendría hoy ese álbum de fotos en la balda central de mi casa?