Tenían que asomarse los últimos meses de mi paro laboral para que me diera cuenta de que esta situación, nunca antes experimentada, ni siquiera imaginada en mis días de rutina, me regalaba cada día de la semana un ambiguo hueco de libertad de casi seis horas. Lo llamo mi “horario guardería”. Que literalmente es eso: son las horas desde que dejo a mi hija en otras manos confiadas, las que me aseguran la tranquilidad necesaria para mis tareas, y hasta que, de vuelta, toco el timbre de la gela 3 anunciando mi llegada, como un ritual diario que organiza mi tiempo.
Al principio, lo trataba como un falso tiempo libre, uno que aunque me dejaba llegar a la meta de los 10 000 pasos diarios deambulando sin rumbo entre las playas y los montes cercanos, en general el hueco se fue llenando de muchas lavadoras, mucha plancha, alguna aspiradora y una lista interminable de recados. Recados que, por su tamaño, fragilidad o trato específicamente peligroso —como los huevos— siempre parecen más fáciles sin la presencia de un menor inquieto y reclamante. Hay otros que, con una especie de satisfacción secreta, hago a escondidas para poder darle una agradable sorpresa a la persona más importante de mi vida, esos detalles pequeños que me hacen sentir un poco más cercana y cuidadosa, un poco mejor madre.
A veces, para hacer más llevadera la rutina, miraba películas mientras planchaba, aprovechando esas escenas para escapar momentáneamente del tedio doméstico, pero siempre sabiendo que no es lo mismo que un rato de ocio verdadero. La lectura, que siempre me tienta y me espera en una pila de libros que se va acumulando, la reservaba para ese otro minúsculo hueco de tiempo que hay entre meterme en la cama y cerrar los ojos, una pequeña evasión que, a menudo, termina derrotada por el sueño acumulado del día.
Por alguna razón, no consigo pararme y hacer una sola cosa. Me han dicho muchas veces que este enfoque no es el ideal, que no es bueno estar con la mente en varios lugares a la vez, pero es la única manera en que puedo funcionar. Es como si necesitara tener una pequeña parte de mi cerebro en otra tarea para mantenerme centrada en la principal. Siempre hay una actividad prioritaria, la que absorbe un 98% de mi atención, y es en la que me esfuerzo por concentrarme, pero esos otros 2% incontrolables e impredecibles, dispersos en alguna otra tarea o pensamiento, forman parte esencial del conjunto.
Esos 2% se cuelan de pronto, a veces en forma de ideas sueltas, otras en forma de microtareas insignificantes: una idea que surge mientras tiendo la ropa, un mensaje que recuerdo contestar en medio de la plancha, un pensamiento que se asoma y luego desaparece sin dejar rastro. Y, de alguna manera inexplicable, ayuda a que la primera actividad salga bien, como si esa pequeña distracción me diera el impulso para redirigir la energía hacia la prioridad. Son esos fragmentos diminutos los que me sostienen en equilibrio y, en el fondo, siento que me mantienen alerta, evitando que me ahogue en la monotonía de un solo enfoque.
Tal vez no es el método más eficiente según algunos, pero para mí es como un sistema de engranajes donde cada distracción, por mínima que sea, encaja en su lugar, asegurando que mi atención no se rompa, sino que se distribuya lo suficiente para mantenerme a flote y, sobre todo, en movimiento.
Y creo que por eso, y seguramente también por alguna razón más, mi aportación profesional a la sociedad ha tenido siempre que ver con organizar las cosas ajenas. Organizo tiempos, asigno trabajos, coordino a la gente dentro de esos tiempos y trabajos que ya están organizados. Me dedico a alinear recursos y a prever resultados, a entender los desafíos y preparar las soluciones. Sin embargo, no organizo cajones de ropa ni estanterías personales; esos espacios me producen un respeto profundo, casi un miedo irracional. La vida que pueden tener los contenidos de los muebles domésticos de algunas personas es algo que prefiero no explorar demasiado, especialmente cuando se trata de quienes ni siquiera desdoblan los tickets de compra o se molestan en meter los archivos de un proyecto en una sola carpeta. Y que la llamen bien, ¡por lo menos!
Para mí, el orden es algo que debe llegar también a los nombres que damos a las cosas. Entiendo que no todos se preocupan por esas pequeñas normas de consistencia, como usar las mayúsculas o los guiones bajos de forma consecuente, pero no pido tanto. Sólo que esos nombres sean al menos reconocibles y guarden una mínima relación con el proyecto. Nada. Simplemente no hay manera. En cada rincón digital, me encuentro con archivos con nombres irrelevantes, irreconocibles, como huellas dispersas de un caos tan intransitable que, finalmente, no les queda otra opción que acudir a mi ayuda profesional para abrirse paso en medio de su propio laberinto.