Nunca he sido fan del fútbol. En lugar de perderme en la pasión ciega por un equipo, envolviendome con fervor en sus colores y evitando a toda costa cualquier alusión al rival, más que gritar, cerveza, pipas, entradas, palcos, bonos, abonos, canciones al unísono distorsionado y apretón animal al entrar y salir, siempre he preferido la parte de poder correr yo misma por el césped de un extremo al otro, tocando o no el balón blanquinegro cubierto de trozos del panal.
Vengo de un país fanático del hockey sobre hielo, el bobsleigh y el biatlón. Todo nieve, todo frío. Los Juegos Olímpicos de verano eran exóticos para mí, el equipo de vóley de playa – extraterrestres. Surf – quién pudiera imaginar que se puede subir a una tabla de madera y hacer algún movimiento más allá de sentarte y dejar que te lleve la corriente. Eso sí, nos gustaba mucho la gimnástica y todo tipo de saltos, y también la maratón – lo de correr era fácil y gratis. Se salvaban de cierta manera los deportes que se podían practicar en interiores – baloncesto – claro, que somos una de las naciones más apropiadas para practicar este deporte según las estadísticas de las gentes más altas del mundo. Bádminton – tenía que enterarme de que ese juego de patio de todos los veranos también es un deporte serio y profesional para que decidiera cambiar las clases de noruego por una raqueta y pluma.
Hablando de patios, detrás de mi casa de infancia se extendía un rectángulo verde herboso, aparentemente perfecto para practicar el fútbol. Pero como era mal visto arrastrar a la hierba cualquier tronco de leña amontonada, estampa tan característica de los patios de mi pueblo, carecíamos de porterías y, en general, había poco interés en darle al balón con el pie si es que se podía dar con la mano, por ejemplo, jugando al balón prisionero. Y éramos pobres. Con un balón para compartir y con unos vecinos gruñones en los balcones de al lado, no se te ocurre chutarlo con toda la gana que requiere un buen golpe de fútbol, sea por miedo de que rompa algún cristal o que se pierda en el matorral de la pendiente del río, o, peor aún, que se quede atrapado eternamente en algún balcón tan solo por el miedo de tener que tocar el timbre y pedirlo de vuelta.
Así que fuera del patio y fuera de la tele, donde en mi casa el deporte se veía solo cuando los Juegos Olímpicos, salvo alguna tarde de Fórmula 1, que mi padre disimulaba viendo mientras dormía la siesta, el fútbol era un simple deporte escolar. Y más bien de la época adolescente, ya que no tengo ningún recuerdo futbolero en mi vida antes de los 10.
Fútbol era uno de los muchos deportes escolares que superficialmente aprendimos en el colegio. Con saber cuántos miembros tiene un equipo, cuánto dura un partido y que la pelota no se toca con las manos, ya lo tenías aprobado. También era uno de los muchos deportes de equipo que solo practicábamos cuando ya se había cumplido el programa obligatorio de flexiones, saltos, tiros y triples. Si el baloncesto era más bien democrático, el fútbol definitivamente era un deporte de chicos. Sigo sin entender esa lógica, si es que existe. Pero como era eso, el deporte de chicos, a veces cuando los profesores decidían juntarnos todos para que jugáramos en un solo rebaño, los unos lanzaban miradas torcidas a las uñas pintadas y pelo largo sin recoger y las otras procuraban hacer el mínimo esfuerzo necesario para pasar la nota sin haber rascado el balón. No culpo a los chicos por no querer jugar con el género opuesto. Eran tiempos de fingir la regla para poder quedarte en el banquillo.
Yo, sin embargo, estaba feliz. Solía ser la primera en ser seleccionada para el equipo, incluso antes de agotar las opciones masculinas. Se me olvidaba la vergüenza por mi chándal desgastado y zapatillas que solo por llevar cuerdas consideraba deportivas y me sentía igual, incluida. Eran los momentos de liberar mi fiera, desatar mi postura de niña correcta y retenida, podía perseguir la pelota, robarla, chutarla, mostrar mi fuerza, mi velocidad y gozar de elogios por parte de la parte que más le interesa a una chica de esa edad. Ese era mi fútbol. Era fan de ese “fútbol”, que con el deporte real con suerte coincidía en dos de los tres puntos superficiales – no teníamos los 90 minutos de clase para gastarlos en patear un balón.
Luego empezó la vida y el fútbol se quedó donde quedaron los demás deportes escolares y donde se queda todo lo escolar cuando el colegio se convierte en recuerdo. Seguramente, en parte por eso no consigo hacerme con la afición. Será que para mí fútbol constituye uno de esos recuerdos que mejor no tocar para no hacerlo añicos.